martes, 9 de mayo de 2017

LA MAGIA DE LAS LETRAS [Reto de escritura 10]

Era lunes por la tarde, el día de visitar la biblioteca para devolver todos los libros que había leído durante la semana anterior y elegir algunos nuevos.

—¡Hola, Rocío! —Saludó la bibliotecaria cuando la vio aparecer tirando de su mochila con ruedas—. ¿Ya te has leído todos los cuentos que te llevaste?

La niña asintió con la cabeza y dejó sobre el mostrador los cuatro libros que traía en su mochila. Después, se fue a curiosear por las estanterías en busca de nuevas historias en las que sumergirse. Mientras leía los títulos en voz baja, acariciaba con el dedo los lomos de colores. Muchos ya los conocía. Incluso algunos, los que más le gustaban, los había releído varias veces. Así que cada vez le resultaba más complicado elegir.

Cuando ya casi estaba decidida, algo llamó su atención. Sobre una de las mesas de la biblioteca había un libro con una portada muy llamativa. Rocío se acercó hasta él y leyó el título, que estaba escrito con unas letras enormes de color morado: «La magia de las letras». Aunque era muy gordo, parecía un cuento para niños, así que decidió llevárselo también.

—Muy buena elección —le dijo la bibliotecaria con una sonrisa, cuando le entregó los libros junto con su carnet de socia—. Estoy segura de que te van a gustar mucho.

Rocío metió los libros en su mochila, le dio las gracias a la bibliotecaria y se marchó a casa, deseando empezar a leer enseguida.

Esa misma noche, después de cenar, se metió en la cama y abrió el libro más gordo que había cogido, el de «La magia de las letras». Para su sorpresa, en su interior no encontró frases, ni palabras, ni letras, ni dibujos… ¡Ni siquiera tenía páginas! En su lugar, había un agujero —como si el libro fuera en realidad un misterioso cofre— y dentro escondía una caja de lápices de colores.

—Pues menudo libro más raro —pensó Rocío, mientras lo volvía a cerrar y lo dejaba sobre la mesilla. Pensó en coger otro de los cuentos que había sacado de la biblioteca, pero estaba tan cansada que, por una vez, prefirió apagar la luz. Un momento después, se quedó dormida.

Al día siguiente, cuando volvió del colegio, lo primero que hizo fue sacar la caja de lápices de colores de dentro del libro. 

Lo que más le gustaba a Rocío, además de leer, era escribir. Escribía cuentos sobre lo que le pasaba en el cole y ya había ganado algún premio literario. 

Arrancó una página del cuaderno que siempre tenía sobre la mesa y empezó a escribir un relato, utilizando una de las pinturas nuevas. En esa ocasión, se inventó una historia sobre un perrito tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Podía llevarlo en el bolsillo de la chaqueta y esconderlo en su habitación sin que nadie se enterase. Cuando terminó, puso la palabra «FIN» y volvió a leerlo para asegurarse de que le había quedado bien. Entonces, escuchó un ladrido flojito, muy, muy flojito. Pensando que se lo había imaginado, no hizo ni caso, pero enseguida lo volvió a escuchar. Apartó la vista de la hoja de papel y sobre su mesa encontró un pequeño perrito, exactamente igual que el de su cuento. Rocío se restregó los ojos, incrédula, y acercó un dedo tembloroso hacia el animalito para tocarlo. Pues, sí, estaba allí. Era de verdad.

Tras un momento reflexionando sobre lo que acababa de pasar, arrancó otra hoja del cuaderno y comenzó a escribir un nuevo cuento. En este, ella y su hermana eran princesas de un reino mágico. Un instante después de terminarlo, se dio cuenta de que llevaba puesto un precioso vestido de princesa y sobre la cabeza de su hermana había aparecido una corona de diamantes.

—¡Ajá! —exclamó Rocío—. ¡Así que con estas pinturas puedo hacer realidad todos los cuentos que escriba!
Cuando llegó la noche, estaba tan contenta y tan agotada por todos los cuentos que había escrito esa tarde y todas las cosas fantásticas que había creado, que se metió en la cama, apagó la luz y se quedó dormida en menos de un minuto.

Cuando despertó a la mañana siguiente, el libro se encontraba en su mesilla, pero no había ni rastro del perro pequeñito, ni de su traje de princesa, ni del robot que limpiaba la casa, ni de la máquina de fabricar chucherías, ni de todo lo demás. Se levantó de la cama de un salto y corrió hacia la mesa. ¡Las hojas del cuaderno en las que había escrito sus cuentos también habían desaparecido! Y no sólo eso: el libro se había convertido en un libro normal, con sus páginas, sus palabras y sus frases. Y no encontraba por ninguna parte la caja de pinturas. ¿Sería posible que lo hubiera soñado todo?

Sorprendida y bastante perpleja, se sentó sobre su cama con las piernas cruzadas, abrió el libro y empezó a leer la primera página: «La magia de las letras es fantástica. Con ellas puedes hacer realidad cualquier cosa que se dibuje en tu imaginación…»

Después, ya no fue capaz de cerrarlo hasta llegar a la palabra «FIN».


[52 Retos de Escritura de El Libro del Escritor]

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