jueves, 16 de marzo de 2017

SIEMPRE LLUEVE [Reto de escritura 32]

Cuando el despertador rompió la calma aquella mañana, ya llevaba un buen rato con los ojos abiertos, observando las sombras que se proyectaban en el techo como fantasmas. Mientras las miraba, sentía una mezcla de turbación y esperanza. En el fondo, todavía confiaba en que en algún momento le devolverían la imagen que estaba buscando.

A decir verdad, ni siquiera sabía por qué continuaba utilizando el despertador. Hacía mucho tiempo que no necesitaba que nadie le avisara del comienzo del nuevo día.

Se levantó muy despacito hasta quedar sentada sobre el colchón, con los pies colgando a varios centímetros de sus zapatillas de estar en casa. Permaneció en esa posición unos minutos, en completo silencio, agudizando el oído y sin mover ni un solo músculo.

El viento arrastraba el ladrido lejano de un perro, el motor de un coche traqueteaba al otro lado del seto que separaba la hilera de viviendas de la calle principal y el suelo acababa de emitir un tímido crujido en algún lugar de la casa. Pero, salvo eso, no se escuchaba nada. ¿Sería posible que por una vez no se hubieran equivocado todos?

Tras lanzar un suspiro a la penumbra, se levantó sin descorrer las cortinas, se envolvió en su batín y bajó las escaleras hasta la puerta principal. Pulsó el interruptor para apagar la luz de fuera. Esa pequeña bombilla que cada noche permanecía encendida, por si acaso quería volver y no encontraba el camino. Qué tontería.

Después, bajó un piso más, hasta donde el sótano albergaba el modesto despacho. Se acercó a la mesa de madera envejecida y pasó la página del pequeño calendario que descansaba sobre ella. Aunque no le hacía falta para saber qué día era. Otra vez catorce. Por más que lo deseaba, resultaba imposible saltarse ese maldito número. A mitad de cada mes, volvía a aparecer de forma inevitable. Y con él, traía un extraño fenómeno meteorológico.
Fue entonces cuando levantó la vista hacia el ventanal que daba al diminuto patio. El árbol hacía mucho tiempo que se había marchitado, pero no tenía fuerza para quitarlo de allí. Era su árbol al fin y al cabo.

Y sí. Otra vez estaba lloviendo. 

Era curioso, pero desde hacía más de un año, cada día catorce, el cielo se despertaba dejando caer gotas de agua sobre la ciudad. No importaba la estación en la que estuvieran, ni la temperatura que hiciese fuera, ni las predicciones meteorológicas a las que prestaba especial atención el día de antes. Siempre, sin excepción, cuando miraba por la ventana al levantarse, llovía.

Era tan irónico. ¿Qué significaba aquello? ¿Era una señal? ¿Un guiño que le hacían las nubes para acompañarla? ¿Era posible que el cielo entero se sintiera igual que se sentía ella?

Resignada, bajó la cabeza y clavó los ojos en el retrato que le sonreía desde la mesa. Tenía la cabeza un poco inclinada hacia un lado y le devolvía una mirada entrecerrada a causa del feliz gesto.

Entonces, se dio cuenta. Por el cristal del marco plateado que protegía la fotografía navegaban un montón de gotas de agua. Allí también llovía.

De forma instintiva miró al techo. Era imposible.

Sacudió la cabeza y se llevó muy lentamente las manos al rostro. La lluvia había empapado sus pestañas y las gotas caían siguiendo el trazado de las pequeñas arrugas de su piel.

Pero no eran gotas de lluvia.

Eran sus lágrimas.




2 comentarios:


  1. Hola!! Una gran entrada, muy bien escrito. Es la primera vez que me paso por aquí, así que ya me tienes como seguidora. Te invito a mi blog por si quisieras pasarte, sin compromisos: elaventurerodepapel.blogspot.com.es Besos!!

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  2. ¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado.
    Ya te sigo :)

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