lunes, 27 de marzo de 2017

LA INFIDELIDAD SE SIRVE CALIENTE [Reto de escritura 42]

Cuando sus miradas se cruzaron, enseguida notó cómo si todos los órganos de su cuerpo cayeran de golpe para aplastarle el estómago. La campanita de la puerta había anunciado la llegada de nuevos clientes al local, pero ni en la peor de sus pesadillas se habría imaginado que sería ella. ¿Qué hacía allí? Las manos empezaron a sudarle y se escurrió en la silla como si de ese modo pudiera desaparecer. Desde luego, eso era lo que más deseaba en ese momento. ¡Aquello no podía estar pasando!

Lentamente, con la turbación dibujada en su rostro, la mujer se acercó a la mesa despacio. El bar parecía haberse quedado en silencio, como si todos los que un segundo antes disfrutaban alegremente del aperitivo se hubieran puesto de acuerdo para abandonar sus conversaciones y prestar atención a una extravagante escena que tenía toda las papeletas para terminar de forma dramática.

—No es lo que parece…

Las palabras salieron temblorosas de su boca mientras buscaba con los ojos el apoyo de su acompañante, que había sacado el móvil y fingía atender una llamada muy importante que le impedía participar en la discusión.

La mujer negó con la cabeza. Estaba decepcionada y su ego se había partido en mil pedazos.

—Jamás hubiera esperado esto de ti…

—Te juro que no he hecho nada.

—¿De verdad? Pues, por lo menos, ya que vas a mentir, podías tener cuidado de no dejarte pruebas en los labios. Con el tiempo que dedico para darte el capricho...

—Bueno, pero… Solo ha sido una vez —balbució, se llevó la mano a la boca y aprovechó para tratar de buscar una excusa convincente—. Te prometo que no hay comparación. ¡De verdad! Tú eres mucho mejor…

—¡Déjalo! Ya hablaremos en casa.

La mujer volvió a sacudir la cabeza, se dio la vuelta y salió del bar de forma estrepitosa, haciendo que la campanita estuviese a punto de caer contra el suelo.

Por fin, los camareros suspiraron aliviados. Hacía un rato que habían dejado de trabajar para mantenerse atentos por si llegaba el momento en el que debieran intervenir. No era la primera vez que presenciaban una escena así y no querían que su establecimiento pagase las consecuencias una vez más: la infidelidad estaba a la orden del día y daba la sensación de que los traidores cada vez tenían menos cuidado a la hora de elegir los escenarios de sus crímenes.

Se dejó caer en la silla y suspiró. Su acompañante le tendió el móvil con la cámara frontal activada. La pantalla le devolvió su propio reflejo. Bajo la parte izquierda de la boca, tenía un pegote blanco y espeso. Echó la cabeza hacia atrás, con resignación, y tomó una servilleta de papel para limpiarse.

—¡Vaya genio que tiene tu madre! ¡La que ha montado por unas tapas! —Exclamó, recogiendo de vuelta el móvil.

—Lo sé… Se lo toma muy enserio. La próxima vez pedimos empanadillas…

Mientras tanto, las dos croquetas y media que quedaban en el platito situado en la parte central de la mesa ya se habían quedado frías.

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