lunes, 16 de noviembre de 2015

PALABRAS

Era mediodía. Hora de comer. Y en la televisión ese programa que tanto detestaba: Telediario le parecía que se llamaba.

«Están muy lejos». Eso era lo que había respondido su padre cuando le preguntó por qué no iban a ayudar a los niños de las imágenes.

El pequeño asintió con la cabeza mientras contemplaba el punto que el dedo índice de su padre señalaba en su bola del mundoDespués se levantó, tomó la botella de gaseosa vacía que reposaba sobre la encimera antes de ser arrojada a la basura y se encerró en su habitación. Durante varias horas, no se escuchó nada más que el sonido que hacía la punta de los lapiceros sobre el papel. Parecía que el pequeño terremoto que solía corretear por el pasillo o montar escándalos con su coche teledirigido se había esfumado.

Cuando estuvo listo, se presentó en el salón y pidió a sus padres que lo acompañaran a la playa. Una vez allí, con todas sus fuerzas, lanzó la botella al mar.

—¡No se tira basura al agua! —Le reprendió un anciano que paseaba por la orilla.

El niño se volvió hacia él muy serio.

—No es basura —explicó—. Son cuentos con dibujos que he hecho para que los niños del telediario se pongan contentos.

El anciano se acercó más al niño y le acarició el pelo con admiración: estaba conmovido y agradecido porque, de repente, con aquel pequeño gesto, había recobrado un poquito la esperanza.

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