jueves, 15 de octubre de 2015

El deseo de escribir

Su escritorio apenas se adivinaba bajo la gran cantidad de libretas, páginas sueltas y notas adhesivas que lo invadían todo. Tuvo que rebuscar durante varios minutos hasta conseguir localizar un bolígrafo entre aquel revoltijo de papel. Todas sus ideas estaban volcadas en aquel desbarajuste: esquemas argumentales, fichas de personajes, escenas independientes… Ahora solo le faltaba ponerlo todo en orden y comenzar a escribir de nuevo. Aunque para ello primero debía hacer un hueco en la mesa en el que poder colocar su ordenador portátil.
Hacía unos meses que su última novela se había trasladado a vivir en la oscuridad del cajón del escritorio, junto a las anteriores. De vez en cuando las sacaba y las observaba  con un sentimiento que era una mezcla de compasión y culpabilidad. Lo había intentado todo: concursos literarios, agencias, editoriales… pero nadie parecía dispuesto a darle una oportunidad a aquellos personajes que se mostraban disgustados por haber sido relegados al destierro tras tantos meses haciendo compañía a la autora que les había dado la vida.
Frunció los labios y comenzó a juguetear con la pulsera de hilo que llevaba en su muñeca izquierda. Se la había regalado su mejor amiga meses atrás y le había explicado que se la había comprado a una mujer de un puesto ambulante en un pueblo que había visitado durante las vacaciones.
—Me dijo que al atarla hay que pedir un deseo y que cuando se cumpla, la pulsera se caerá. ¡Yo tengo una igual!
«Deseo que algún día se haga realidad mi sueño de ser escritora», había susurrado en voz casi inaudible mientras los dedos de su amiga anudaban la pulsera a su muñeca. Desde entonces nunca se la había quitado, confiando en que la leyenda fuera cierta.
Se sentó en el borde de la silla y comenzó a organizar los papeles, haciendo diferentes montones a ambos lados de la mesa en función del contenido de las anotaciones mientras en su mente no dejaba de girar la trama de la que sería su siguiente novela. El cosquilleo que sentía en el estómago cuando se disponía a comenzar una nueva historia no había cesado a pesar de la experiencia y de las continuas desilusiones que le habían asaltado a lo largo de los años. Escribir era su deseo, su ilusión, lo único que realmente le llenaba el alma; por ello, a pesar de los numerosos rechazos, sabía que mientras pudiera seguiría escribiendo, sin importarle que su público lo formaran su familia y sus amigos más cercanos. ¿Qué más daba? Ella disfrutaba escribiendo, era feliz narrando historias.
De pronto la melodía de su móvil la sobresaltó. Rebuscó entre los papeles y cuando lo encontró, lo levantó para consultar la pantalla. El número que aparecía no le sonaba; era totalmente desconocido. Descolgó, convencida de que sería alguien que se había confundido al marcar. Pero, para su sorpresa, al otro lado de la línea su interlocutor pronunció su nombre.
—Sí, soy yo… —respondió confusa. No tenía ni idea de con quién podía estar hablando.
Unos segundos más tarde, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Sus labios dibujaban una gran sonrisa mientras trataba de articular palabras para responder a su interlocutor. Y la pulsera de hilo descansaba en el suelo de la habitación…

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