jueves, 24 de septiembre de 2015

Iker y el país de las hadas

Era otoño y el suelo estaba tapado por las hojas que se habían caído de los árboles. Parecía una alfombra enorme, crujiente como los cereales y de color marrón.
Iker estaba paseando por una calle cercana a su casa cuando, de pronto, vio algo que brillaba entre las hojas. Se acercó corriendo muy deprisa, pensando que podía ser un diamante.
Pero cuando se agachó vio que era una personita muy pequeña, del tamaño de una nuez, y con unas alas muy bonitas y brillantes. Llevaba un vestido de color amarillo con forma de pétalos de flor, unos diminutos zapatitos del mismo color y el pelo negro recogido en un moño. ¡Era un hada! Estaba hecha un ovillo y tiritaba de frío, así que Iker la cogió con mucho cuidado y la abrigó entre sus manos.
Sin que nadie de su familia se enterara, Iker llevó a la pequeña hada a su habitación y le preparó una cama con una caja de cerillas; puso algodón como colchón y un calcetín para que se arropara.
Cuando el hada se despertó, se asustó un poco, pero enseguida vio que estaba a salvo. Iker le preguntó qué le había pasado y ella le contó que estaba de excursión con sus compañeros, recogiendo semillas para el invierno, cuando de pronto el viento la lanzó contra un árbol. Se le había roto un ala y necesitaba descansar unos días para que se le curase.
Iker decidió cuidar del hada hasta que se recuperase.
Para comer, le daba galletas y algunas uvas. Y, de beber, zumo de naranja servido en un dedal.
Hasta que, por fin un día, el hada estuvo curada y pudo volver a volar como antes.
Para darle las gracias, el hada invitó a Iker a visitar su país. Él se puso muy contento, pero enseguida se dio cuenta de que iba a ser imposible entrar en el país de las hadas: era demasiado grande y no podía volar. ¿Cómo lo haría?
En cuanto se hizo de noche, el hada se frotó las alas y de ellas salieron unos polvos dorados que parecían de purpurina. Cuando los polvos mágicos cayeron sobre Iker, el niño empezó a hacerse cada vez más pequeño y en la espalda le crecieron unas bonitas alas.
¡Ya estaba preparado para empezar el viaje!
Volaban muy alto, por encima de las casas. Las nubes estaban tan suaves que parecían de peluche.
De pronto, el hada empezó a bajar; iba tan deprisa que a Iker le resultaba un poco difícil seguirla. ¡Menos mal, que pronto se paró delante de un gran árbol!
Entraron por un pequeño agujero que había en la corteza y volvieron a subir por dentro del tronco.
Al final del túnel estaba el País de las Hadas. Allí todo estaba cubierto por plantas de un verde muy brillante, el cielo era de un azul muy limpio y el viento olía a flores.
Cuando llegaron, ya había muchas hadas y duendes esperándoles para darles la bienvenida.
Enseguida, enseñaron a Iker todos los secretos del país, pero le pidieron que nunca se los contara a nadie. ¡Tenían que seguir siendo un secreto!
Iker se lo pasó genial. ¡Las hadas y los duendes eran muy simpáticos y volar era divertidísimo!
Sin embargo, había llegado la hora de volver a casa. 
Un poco triste, se despidió de sus nuevos amigos. El hada le acompañó de vuelta hasta su habitación, hizo desaparecer las alas de su espalda y le devolvió su tamaño real.
Iker estaba muy cansado por la aventura que había vivido. Pero, justo antes de quedarse dormido, escuchó al hada prometer que muy pronto volvería a visitarle. 

Cuento personalizado escrito para Iker (2015)

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