jueves, 3 de septiembre de 2015

BIENVENIDO LIBRO

Como cada mañana, el sonido de la alarma del reloj hizo que abandonara el plácido mundo de los sueños y se despertara. La cruda realidad no tardó ni un minuto en caerle encima. Un día más lo mismo…

Se levantó, se puso las gafas y se miró en el espejo. No entendía qué había hecho para merecer aquello. Era incapaz de explicarse el porqué de las burlas y las risas a su alrededor. Nunca había hecho nada malo a nadie pero a sus doce años ya sabía de sobra lo crueles que podían llegar a ser las personas.

Solo de pensar que le esperaba una nueva jornada escolar, se le revolvía el estómago y se le hacía un nudo en la garganta. Sabía que en cuanto cruzara el umbral de la puerta empezarían los insultos, los motes y las mofas. Y una vez más agacharía la cabeza y recorrería el pasillo deprisa, fingiendo no escuchar sus desprecios mientras en su interior lucha por no dejar salir las lágrimas.

Antes de salir de casa abrió la mochila y, entre los libros de texto, camufló la novela que estaba leyendo. Subió al autobús y se escurrió en un asiento de la última fila. Durante todo el trayecto no dejó de mirar a su alrededor, rogando no encontrarse con ninguno de sus compañeros. Bastante tenía con soportarlos durante las ochos horas lectivas.

Sin embargo unas paradas más allá, montaron dos de los chicos más molestos, esos que, aunque no eran de su clase, se encargaban de estar cerca durante los descansos entre asignaturas. Se escurrió más, tratando de ocultarse, pero no dio resultado y tuvo que escuchar cómo todos los viajeros del autobús se enteraban de cuál era aquel desagradable sobrenombre que le habían otorgado.

Un calambre le recorrió la columna y quiso gritar, pero su voz no obedeció.

Cuando llegaron a la parada del colegio, los dos chicos se bajaron y se quedaron esperándole, pero no se movió. Justo antes de que la puerta del autobús se cerrara, pudo escuchar sus carcajadas y la voz de uno de ellos diciendo «¡Es tan torpe que no sabe ni en qué parada se tiene que bajar!».

Poco a poco el vehículo se fue vaciando y el paisaje que se veía por la ventanilla empezó a transformarse en algo desconocido.

—¡Última parada! —gritó de pronto el conductor.

Arrastró los pies hasta la calle y miró alrededor intentando orientarse. El autobús arrancó y se alejó dejándole allí, aparentemente sin nadie a quien poder preguntar dónde se encontraba y sin ningún cartel que le diera alguna pista sobre su paradero. Nunca antes había estado allí, eso era seguro…

Se puso a caminar sin rumbo por calles desiertas hasta que llegó a una explanada verde, donde los rayos del sol caían con fuerza, iluminando el lugar. De allí salía un camino de arena rosada y junto a él había un letrero que decía: Estás en la Ciudad de los libros. ¡Bienvenido Libro!

La sorpresa y el desconcierto aparecieron a partes iguales en el interior de su cabeza. Aun así no lo dudó y enfiló con decisión el camino de arena. Caminó durante varios minutos hasta que alcanzó un pequeño puente de piedra que cruzaba un cristalino río. Sobre el puente había un hombre, con una espesa barba gris y un grueso bigote, que vestía un traje marrón.

—¡No puede ser! —murmuró, parándose en seco.

—¿Qué sucede, amigo? —preguntó el hombre, esbozando una amable sonrisa.

—¡Yo le conozco! —respondió con voz temblorosa.

—Eso me alegra —respondió el hombre—. Y supongo que por eso estás aquí.

—¿Es de verdad usted Julio Verne? —preguntó, quitándose las gafas para limpiar los cristales con el borde de la camiseta.

El hombre asintió con la cabeza e hizo un gesto, invitándolo a cruzar el puente.

—Bienvenido a la ciudad de los libros.

Todavía con la boca abierta y sin saber qué decir, llegó al otro lado del puente y continuó caminando hasta un pequeño pueblecito. Según se iba acercando pudo reconocer a algunos más de sus habitantes. No importaba de qué época fueran ni cuál fuera su nacionalidad, allí estaban todos; desde Charles Dickens a JK Rowling, pasando por Katherine Paterson o Enid Blyton.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo se sintió feliz. Miró a su alrededor y comprendió que en aquel lugar podía ser quién quisiera; unos luchaban contra dragones, otros excavaban en busca de un tesoro, algunos sostenían varitas mágicas  y otros más zarpaban en un barco en busca de piratas. Todos lo pasaban bien y todos habían encontrado amigos inseparables.

No tardó mucho en sentirse parte de aquel mundo. Enseguida encontró su sitio, se sentía libre y nunca más volvió a preocuparse por lo que otros pudieran decir. Aquel se convirtió en su lugar favorito y sus habitantes en sus amigos más fieles…. Y el resto no importaba nada.

Relato escrito para la antología de Bienvenido Libro, 2013

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