jueves, 26 de marzo de 2015

EL APACIGUADOR DE ALMAS


Era diciembre y la mañana se había despertado silenciosa. La niebla del amanecer todavía no se había disipado del todo cuando el anciano de la panadería acudió a su local para abrir las puertas al público más madrugador. Una jornada más, repitió la misma rutina: encendió el horno, preparó las vitrinas para colocar los bollos que estaban a punto de llegar y salió a la calle para levantar el cierre; a su edad, cargar con ese peso empezaba a costarle bastante. Lo increíble era que, después de tantos años, no había conseguido acostumbrarse al chirrido de la persiana metálica: le seguía resultando insoportable. Como todos los días, se prometió a sí mismo que no pasaría de esa tarde sin echarle aceite. Suspiró, plantado delante de su tienda con los brazos en jarras. Todo parecía normal, una mañana más.
Sin embargo, de pronto se percató de que algo terrible había sucedido. En el reflejo del escaparate vislumbró un extraño bulto tirado sobre la calzada a unos metros de allí, junto a la fuente. La calle aún estaba desierta a su alrededor.
Armado con un rodillo, se acercó hasta el fardo y, boquiabierto, descubrió que se trataba de un cadáver. De inmediato, corrió de vuelta a la panadería y avisó a la policía. Para cuando llegaron los agentes, el lugar ya estaba lleno de curiosos que especulaban sobre lo que podía haber ocurrido la noche anterior.
Aquel suceso dejó marcada a toda la población del municipio y, a día de hoy, los investigadores todavía no han logrado desentrañar la misteriosa muerte. Muchas son las hipótesis que se barajan, pero también incontables son los argumentos que obligan a desechar cada una de ellas.
Desde ese día, Fuenlabrada, tierra hasta entonces ajena a leyendas, ha visto como en sus calles brotaban como setas las más variopintas historias de boca de supuestos testigos y expertos en fenómenos sobrenaturales. Y aunque hay alguien que, sin estar muy seguro de ello, cuenta la verdad, su fama de embustero y beodo hace que nadie crea ni una de sus palabras. Solo los más jóvenes, sedientos de emociones fuertes y de demostrar a otros lo valientes que son, acuden a la plaza de la Fuente de los Cuatro Caños y se sientan alrededor del hombre para escuchar una y otra vez el tenebroso cuento. De todas formas, ¿quién podría tomar por real una historia tan inquietante? Pues la leyenda que cuenta dice así:
Caminaba con paso cansino por las calles de la ciudad. Su paseo nocturno había dado comienzo en la plaza de la Constitución, casi al lado del edificio del Ayuntamiento. Allí se había despedido de sus amigos tras pasar la tarde refugiados en un bar cercano, compartiendo cervezas e historietas acerca de sus fabulosas y envidiables vidas. Nada más doblar la esquina y perderlos de vista, la sonrisa artificial que había permanecido perfilada en su cara durante las últimas horas se borró de un plumazo, dando paso a una mueca tan fría como el ambiente y tan descorazonada como la criatura creada por Víctor Frankenstein. Todo su ser se liberó del disfraz de euforia que solía enfundarse para mantener su imagen de vividor delante de los demás y se permitió volver a regodearse en la soledad de su sufrimiento.
El invierno había arribado al municipio de forma brusca unos días atrás, sin pedir permiso ni hacer una llamada para avisar de su llegada. Sus garras heladas enseguida se habían hecho dueñas de toda la villa, creando un clima en el que parecía que hasta el tiempo se había paralizado, sucumbiendo a los efectos de las bajadas de los termómetros y a la mengua de las horas diarias de sol. Las calles de la ciudad permanecían sumidas en un silencio sepulcral, dando la sensación de formar parte de un poblado fantasma. La tormenta que había descargado con furia durante la tarde y el viento helado que había dejado tras de sí, invitaban a quedarse en casa, resguardados bajo una manta y disfrutando de la compañía de una película antigua y un café humeante.
Sin embargo, él prefería caminar para calmar su martirio. Recorrer un par de kilómetros, con el viento cortándole la piel del rostro, le vendría bien para despejarse y narcotizar a sus demonios internos.
De improviso, un paso en falso le hizo terminar con un pie en el interior de una fisura de la acera. Al pisar sin querer sobre un baldosín que se había desprendido del cemento que debía mantenerlo fijo al suelo, este cedió bajo su peso y se levantó como si fuera una diminuta catapulta de piedra, disparando hacia arriba toda el agua que se había acumulado entre sus grietas. Las salpicaduras volaron hacia sus pantalones, empapándolos hasta la altura de las pantorrillas. Maldijo en voz alta mientras trataba, en vano, de sacudirse los vaqueros. Un minuto después se había dado por vencido pero decidió abandonar la acera para que aquello no le volviera a pasar; estaba demasiado oscuro para ver con claridad por dónde pisaba uno. Además, no se apreciaba ni un vehículo en el horizonte; nadie parecía tener ganas de conducir con aquel tiempo tan hostil. Y, bueno, si hubiera aparecido un coche de repente y se hubiera estampado contra él tampoco le hubiera importado en exceso…
Retomó el paso lento. Sus pies, calzados con unas zapatillas de lona completamente caladas, pateaban una y otra vez una pequeña piedra grisácea que se había encontrado en su camino. A cada golpe, la piedra avanzaba unos metros rodando con torpeza sobre la calzada y sus congelados dedos, encerrados en unos calcetines fríos y encharcados, sentían un doloroso calambre. Sin embargo, aquel dolor físico no era lo que más daño le hacía. Su verdadero sufrimiento provenía de un lugar mucho más profundo, del peso con el que cargaba en el interior de su pecho: era un completo fracasado, no tenía remedio, todo le salía mal. Ese angustioso sentimiento le obligaba a caminar encorvado, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el pavimento; ni siquiera se veía con derecho a mantener la vista a la altura del resto de los mortales.
Sin apenas ser consciente de hacia donde se dirigía, unos minutos más tarde, sus pasos lo condujeron hasta el puente que pasaba por encima de las vías del tren. Allí, se detuvo un momento. Apoyó los codos sobre la pequeña verja de color azul e inclinó la cabeza para mirar hacia abajo. Después, en un movimiento casi inconsciente, volvió la cara a ambos lados para cerciorarse de que seguía encontrándose en una absoluta soledad. ¿Dolería la muerte? La duda le pasó por la mente a la misma velocidad que un escalofrío recorre la columna vertebral. Era probable que, en realidad, no fuera tan terrible como la pintaban; quizás incluso dolía menos que su situación actual. Calculó las posibilidades reales que existían de acabar con su vida lanzándose al vacío desde aquel puente. La caída no era demasiado grande pero quizá si se tiraba de cabeza, como cuando en los veranos de su niñez jugueteaba con otros chicos en una de las piscinas municipales, no habría riesgo de salvarse. La otra opción que barajaba era esperar a que se acercara el próximo tren y arrojarse en el momento justo para que las ruedas del convoy lo espachurraran contra las gélidas vías con la misma naturalidad que se aplasta una araña con la suela de un zapato. Desde luego, lo último que quería era sobrevivir a la aventura y terminar sus días como un vegetal, tendido en una cama, sufriendo hasta que se extinguiera su último latido. Levantó una pierna, haciendo ademán de pasarla por encima de la verja y acabar con todo de una vez. Sin embargo, en seguida se detuvo, se agarró con fuerza a la reja azul y volvió a su posición inicial, desistiendo en su intento más por saberse incapaz que por falta de infraestructuras para realizar su propósito. ¿A quién quería engañar? Jamás tendría el suficiente valor como para infligirse daño a sí mismo. Además de fracasado era un cobarde. Nunca podría llevar a cabo algo semejante. A pesar de todo lo que le había pasado, apreciaba demasiado el don de la vida. Resignado, pateó con rabia la piedra hasta verla chocar de forma brutal contra la grava que rellenaba los huecos que quedaban entre los raíles. Por un instante, fantaseó con la idea de que aquello podía haber sido su cráneo resquebrajándose en varios pedazos a causa del feroz impacto. Sacudió la cabeza, tratando de espantar aquella macabra imagen, y se dispuso a continuar con su vagabundeo.
Al agachar la cara, para fijar de nuevo los ojos en sus mugrosas zapatillas, se dio cuenta de que una ligera neblina jugueteaba traviesa a su alrededor y se le enredaba en los tobillos. La temperatura también había descendido varios grados e incluso la oscuridad de la noche parecía haberse vuelto más lóbrega. Tiritó levemente pero aún no tenía ganas de regresar a casa. La charla con sus amigos le había dejado todavía más deprimido; ver que todos ellos eran unos triunfadores mientras él estaba sumido en la más terrible miseria había sido demasiado duro.
Desde hacía muchos meses, tal vez ya demasiados, cada uno de los proyectos personales o profesionales que emprendía se veía truncado por alguna causa inesperada. Y, cuando parecía que por fin se recuperaba y empezaba a ver un poco de luz en el horizonte, un nuevo revés le cerraba los ojos, propinándole un puñetazo en la ilusión y el empeño.
«Por alguna causa no. Por alguna persona», pensaba una y otra vez. Y es que, escondido detrás de cada uno de sus fracasos, siempre había habido una persona malintencionada: ese jefe sablista que decidió despedirle sin proporcionarle ningún tipo de explicación ni compensación económica; ese fantasma del pasado que saltó de entre las sombras de la memoria y regresó para recuperar a la que entonces era su enamorada; ese atroz político que aprobó una nueva ley que restringió de manera notable sus derechos y coartó los planes que había diseñado para su futuro; ese abogado que no supo, o no quiso, explicarle bien el contrato que iba a firmar con aquella elegante pluma; ese conductor inútil que no miró antes de girar y dejó su coche hecho un guiñapo irreparable; ese falso amigo que le traicionó sacando a la luz aquel secreto que le había otorgado apoyándose en la confianza ciega… Todos ellos habían sido los culpables de su naufragio; solo ellos eran los verdaderos responsables de que hubiera llegado hasta la situación de desesperanza y angustia en la que habitaba entonces.
Sus piernas se movían cada vez más despacio mientras en su mente giraba cada vez a más velocidad la misma idea. Un mero concepto, una única palabra, solo ocho letras y tres sílabas: venganza. ¡Qué feliz le haría poder devolverles a todos ellos el daño que le habían causado! Si tan solo alguien le diera la oportunidad… Si durante un instante le concedieran inmunidad penal… ¡Ay, qué dichoso sería! Les haría sufrir, descargaría contra ellos toda la ira que le quemaba las entrañas, destrozaría sus vidas igual que ellos habían hecho con la suya. Dulce y bendita venganza.
Justo en el momento en el que una sonrisa maliciosa se dibujaba en su cara, se dio cuenta de que lo que antes era una liviana neblina, se había transformado entonces en una espesa niebla que lo había envuelto todo. El viento parecía haberse calmado, pero el frío había adquirido un cariz todavía más crudo. De las alcantarillas salían columnas de vapor blanco y fantasmal que daban un toque aún más tétrico al escenario en el que se encontraba. La oscuridad y la humedad le calaban hasta los huesos, haciendo que su cuerpo se estremeciera con violentos temblores. Los dientes le castañeaban produciendo un ruido que se magnificaba a causa del silencio reinante. Casi no era capaz de ver lo que le rodeaba pero, a duras penas, consiguió distinguir que se encontraba en la Plaza de la Fuente de los Cuatro Caños, antiguamente conocida como Plaza del General Barrón. El lugar había cambiado de nombre años atrás; en un intento de borrar una etapa negra de la historia de España se le otorgó su nuevo bautismo en honor a la fuente que albergaba en su centro, la más antigua de la ciudad, construida a mediados del siglo XIX para solucionar los problemas de suministro de agua. También se percató de que los chorros de agua que salían de cada uno de los cuatro grifos se habían congelado, convirtiéndose en una especie de estalactitas transparentes.
Muy pronto, comprendió que lo que estaba pasando no era normal. La niebla, sin previo aviso, se cerró en torno a su cuerpo, dejándole hundido en una completa ceguera. A tientas, avanzó unos pasos hasta alcanzar con las puntas de los dedos el arco metálico que custodiaba el acceso a la fuente. Se agarró a él con ambos brazos y permaneció petrificado ante la escena que se presentaba ante sus ojos: de una de las piletas de la Fuente de los Cuatro Caños salía un haz de luz verdosa que se elevaba más allá de su cabeza. Poco a poco, la claridad se fue haciendo más brillante hasta obligarle a protegerse los ojos con la palma de la mano.
Estaba atemorizado y bastante desorientado. Deseaba echar a correr para alejarse lo antes posible de aquel lugar pero no sabía con certeza cuál era la dirección que debía tomar; tenía miedo de chocarse contra una pared y acabar tendido en el suelo sucumbiendo con todo el cuerpo congelado. Además, dudaba seriamente que sus piernas le obedecieran si las ordenaba que se movieran. Intentó gritar para pedir ayuda, pero de su garganta solo salió un tímido e imperceptible lamento. Tragó saliva, tratando de deshacer el nudo que encerraba sus palabras. Probó de nuevo y esta vez sí consiguió lanzar un escalofriante alarido que solicitaba auxilio de forma desesperada. Sin embargo, su voz no llegó muy lejos: enseguida quedó amortiguada por la espesa niebla y se deshizo igual que una pompa de jabón.
Clavó las rodillas en los adoquines del suelo. Se sentía indefenso y desamparado, por completo a merced de lo que fuera que estuviera sucediendo a su alrededor. Pero la pesadilla no había hecho más que empezar. Atónito, contempló cómo del haz de luz emergía una silueta oscura y desproporcionada. La extraña figura vestía una túnica negra que le cubría de arriba abajo, haciendo que fuera imposible adivinar qué era lo que formaba su cuerpo. Al final de una de las anchas mangas sobresalía una mano de cuatro dedos níveos, larguiruchos y huesudos, acabados en unas uñas repugnantes y deformes. La garra sujetaba con firmeza un bastón de color oscuro, con una empuñadura de plata en forma de kraken cuyos tentáculos abrazaban la madera dándole un acabado espeluznante. Bajo la amplia capucha no se distinguía ni un atisbo de lo que pudiera ser un rostro; a decir verdad, no se apreciaba nada, solo la más espantosa oscuridad.
A pesar de su amplia envergadura, se movía con ligereza, como si flotase; la niebla cubría por completo el suelo, así que resultaba imposible saber si disponía de pies. Avanzó unos metros, deslizándose hacia donde estaba el muchacho y se detuvo a poca distancia de él. El silencio resultaba cada vez más ensordecedor y el hedor a podredumbre que desprendía la criatura enseguida se introdujo por las fosas nasales del joven, provocándole una arcada incontenible. Trató de retroceder a gatas, pero su cuerpo se había quedado paralizado.
—¿Eres… eres la muerte? ¿Has venido a por mí? —balbuceó el chico, aún a cuatro patas, mientras trataba de contener una segunda nausea que amenazaba con hacerle vomitar las tapas y las cervezas que había ingerido con sus colegas.
Si se contemplaba la escena desde una cierta distancia, de verdad se podía pensar que un muchacho joven había alcanzado de forma prematura el final de su vida y que, resignado, se arrodillaba ante la Parca para entregarse a ella y jurarle sumisión y fidelidad eternas.
Su pregunta no obtuvo ningún tipo de respuesta; el silencio seguía dominando el entorno, invitando a la locura a hacer acto de presencia. ¿En qué estaría pensando para llegar a imaginar que aquella extraña aparición iba a entablar una conversación con él? Ante la impasibilidad de la figura, valoró la opción de escapar. Sin embargo, cuando por fin parecía que iba a conseguir dar un paso hacia atrás para emprender la huida, cerró los ojos, se llevó las manos a la cabeza y cayó fulminado sobre el frío suelo. Su cuerpo se estremeció y se encogió sobre sí mismo, adoptando la postura de un feto protegido al calor del interior del vientre materno.
«Por supuesto que no soy la muerte». Una voz grave y atronadora retumbaba en el interior de sus oídos; las palabras reverberaban en su cerebro como si la criatura que las había pronunciado se hubiera introducido en su interior, aprovechando la acústica del cráneo. En el exterior, todo continuaba sumido en el más completo mutismo; la ciudad parecía un cementerio abandonado en el que ningún ser humano o animal estaba dispuesto a pisar para no molestar a los muertos.
«Ponte en pie, enclenque. No persigo causarte daño alguno. He venido hasta este mundo con el único objetivo de prestarte ayuda para cumplir tu deseo».
El muchacho no tardó en obedecer. Apoyó todo su peso en una de las rodillas y se incorporó con dificultad, sin retirar las manos de las orejas, sujetándose con firmeza la cabeza en un intento desesperado de amortiguar las vibraciones que le provocaban cada una de las sílabas que emitía la criatura.
—¿Ayudarme a cumplir mi deseo? —repitió entre dientes, pretendiendo ganar un poco de tiempo para recuperarse antes de que llegase el momento en el que la aparición volviera a comunicarse con él taladrándole las sienes desde dentro—. ¿Eres un genio?
«¡Qué estulticia!»
Aquella exclamación le obligó a apretar la mandíbula y a entornar los ojos. Cada una de las letras era como una estaca que se le clavaba con crueldad en las entrañas.
Cuando consiguió reponerse un poco, volvió a abrir los ojos y observó mejor la figura que tenía frente a él. Desde luego, no se parecía en nada al estereotipo de genio de la lámpara: ni vestía de azul, ni llevaba turbante, ni había salido de una lámpara… Descrito de forma objetiva no era más que un fantasma con túnica negra que había salido de las tuberías de una fuente y olía a basura en descomposición.
Volvió la vista hacia su alrededor, intentando por enésima vez vislumbrar un camino por el que escabullirse de las garras de aquella lúgubre criatura pero, para acrecentar su desesperación, la niebla se había vuelto tan espesa que había tomado la apariencia de una barrera maciza e infranqueable.
—Y entonces… ¿qué o quién se supone que eres? —El muchacho lanzó la pregunta sin pararse a meditarla. La charla, aunque dolorosa, era una herramienta de distracción que podía servirle para arañar unos cuantos segundos al reloj en lo que la niebla se disipaba. Y, además, si tenía que morir allí, no estaba dispuesto a quedarse con la duda sobre la identidad de su verdugo.
«Me llaman Apaciguador de Almas —respondió la criatura, utilizando el mismo método de comunicación que había usado hasta el momento—. Vengo de un universo subterráneo, oculto bajo los canales de transporte del agua, y mi misión en este mundo es proporcionar alivio a las almas torturadas».
El muchacho tomó una bocanada de aire que consoló un poco a sus pulmones. Era muy complicado mantenerse en pie soportando el olor pestilente que atormentaba su olfato y la sensación tan desagradable que provocaba escuchar la voz de otro en el interior del cerebro de uno mismo.
—Sigue hablando —apremió, deseoso ahora de acelerar el proceso para terminar lo antes posible. Por un lado, sentía curiosidad por lo que la criatura acababa de revelarle y, por otro, temía no poder aguantar mucho más tiempo sin perder el conocimiento.
«Aquí las órdenes las doy yo —decretó con tono cortante—. He escuchado tus lamentos más íntimos. Soy conocedor del ferviente deseo que te abrasa las entrañas. He sido testigo oculto de tu sufrimiento y he venido para liberarte de él. ¿Estás dispuesto a apaciguar tu alma?».
El joven, que había vuelto a desplomarse sobre sus rodillas, ni si quiera se detuvo a reflexionar sobre las posibles consecuencias que aquella oferta podía acarrearle. En cuanto recobró las fuerzas, se levantó y avanzó unos pasos para acercarse un poco al Apaciguador de Almas. Se detuvo frente a él, casi plantándole cara, y escupió un firme «sí». Claro que estaba dispuesto a otorgar a su alma un poco de paz; era lo que más necesitaba en ese momento.
La criatura permaneció inmóvil durante un instante, flotando entre la niebla. Después, con desesperante lentitud, elevó el bastón. El movimiento dejó a la vista la oscuridad que se ocultaba en el interior de su manga. Con suavidad agitó el bastón, como si estuviera dibujando elegantes trazos en el vacío. Entonces, sobre los baldosines que cubrían el espacio que los separaba a uno del otro, se materializó una pistola.
El muchacho, estupefacto, observó el arma durante un instante. A continuación, se abalanzó sobre ella.
«¡DETENTE, MENTECATO!», ordenó el Apaciguador de Almas.
El grito ensordecedor hizo que joven soltara un aullido de dolor. Se derrumbó sobre el pavimento, hecho un ovillo y envuelto en convulsiones, a la vez que las lágrimas que brotaban de sus ojos se congelaban nada más sobrepasar las pestañas.
«Vamos, ponte de pie. Yo no negocio con pusilánimes».
A pesar de que las rodillas le temblaban y la cabeza le dolía a rabiar, se incorporó una vez más, quizá ya la última que le permitirían sus casi agotadas fuerzas, dispuesto a escuchar las instrucciones que el Apaciguador de Almas tenía que darle.
«Antes de que te pongas en marcha, debo explicarte las condiciones de tu expiación. Todos los deseos conllevan restricciones y no puedo aceptar que después me culpes si no alcanzas tu propósito por no actuar de forma apropiada.»
El joven asintió con la cabeza, animando a la aparición para que continuara con su disertación.
«Primera: el arma que ves ante tus ojos está cargada con una única bala. No hay más munición que encaje con esa pistola; no trates de hacer trampas porque no podrás recargarla por mucho que lo intentes.
Segunda: una vez que tu dedo oprima el gatillo y el plomo esté alojado en las entrañas de tu víctima, la pistola desaparecerá sin dejar ningún rastro. No la busques; no la encontrarás jamás. Ni tú, ni nadie.
Tercera: ningún ser humano podrá conocer jamás el motivo de la muerte de tu víctima. No existirá autopsia ni médico forense capaz de desentrañar el misterio del fallecimiento. El disparo no dejará restos de munición en su cuerpo. ¿No me crees? —cuestionó la criatura, al notar que el muchacho dudaba de sus palabras—. Piénsalo bien, seguro que recuerdas más de una ocasión en la que has oído noticias sobre muertes súbitas o desapariciones inexplicables que los investigadores terminan por abandonar al no hallar ningún tipo de indicio al que aferrarse. Vamos, es indudable que habrás leído alguna vez acerca del misterioso fallecimiento de Edgar Allan Poe, ¿verdad? Muchas son las teorías: sobredosis de alcohol, fallo cardiaco, hipoglucemia… ¡JA! ¿Y el aún enigmático final de Bruce Lee? ¿Fue un ataque de epilepsia? ¿O una aneurisma? ¿Tal vez alergia a un medicamento? ¡No tienen ni idea!
Solo debes atar cabos, no es tan complicado, ¿verdad?
Pero bueno, ya está bien de charla, no es de buena educación alardear de los triunfos de uno. Además debemos continuar, que no tengo toda la noche.
Así que, como última recomendación debo decirte que elijas bien y seas preciso en tus movimientos, pues solo dispondrás de una oportunidad. Si fallas, no habrá un nuevo intento ni volverás a verme en toda tu vida. Cada persona solo dispone de una ocasión para encontrarse conmigo durante su existencia en el mundo terrenal, conque aprovéchala».
El muchacho, agotado ante el exceso de palabras resonando en su cráneo, necesitó un par de minutos para recobrar el aliento. Después tomó el arma con sumo cuidado y paseó su dedo por ella mientras la observaba con admiración. Tenía aspecto de ser una pieza muy antigua y valiosa; cualquier coleccionista habría pagado una fortuna por poseerla. El cañón era de color negro, con pequeños grabados en tonos dorados. La empuñadura, curvada y suave, estaba fabricada en marfil tallado con acabados también en oro. Pero lo que de verdad constituía el detalle que le daba el toque de pieza inimitable era el seguro, que tenía la misma forma que el kraken que abrazaba el bastón del Apaciguador de Almas. Tanteó su pesadez con ambas manos y decidió que podría manejarla sin demasiados problemas.
—¿Y qué debo darte a cambio? —preguntó, sintiendo cómo la desconfianza mermaba su determinación.
«¡Me ofendes con esa cuestión! Que tu alma consiga la paz es mi única recompensa. Solo tienes que firmar el contrato reconociendo tu conformidad con las condiciones que te acabo de exponer. No sería aceptable que me culparas en el caso de que no consiguieras tu objetivo por hacer caso omiso a mis advertencias».
En ese momento, un pergamino dorado apareció flotando en el aire justo delante del pecho del joven. A su lado había una elegante pluma. Él hizo un amago de leer todos los puntos del contrato pero tuvo miedo de impacientar a la criatura que tenía enfrente; no podía ver sus ojos, pero estaba seguro de que le estaban taladrando. Al final optó por echarle un vistazo por encima. En cuanto comprobó que, en efecto, reproducía las condiciones que el espectro le había enumerado hacía solo un minuto, tomó la pluma y trazó su rúbrica en la parte de abajo del documento.
En el instante en el que terminó de firmar, el pergamino desapareció tras una sutil explosión y el Apaciguador de Almas se desvaneció por el desagüe de la fuente, dejando tras de sí una tétrica luminosidad y un rastro fétido.
El muchacho se alejó a tientas de la Fuente de los Cuatro Caños y limpió sus pulmones con una gran bocanada del aire húmedo que acariciaba la calle. Algo mareado, se sentó sobre el pavimento y acarició de nuevo la pistola. Cuando el eco de las últimas palabras de la criatura abandonó por fin su cabeza, las preguntas impacientes ocuparon su lugar. ¿Con quién debería usarla? ¿Quién de todos le había causado una herida más grave y dolorosa? ¿Cuál de ellos merecía que le arrancara la vida para satisfacer su deseo de venganza? Ya estaba advertido de que solo disponía de un disparo, así que era importante que tomase la decisión acertada. Debía ser certero; una vez hecho, no habría tiempo para arrepentirse.
Comenzó a colocar sus motivos en una balanza imaginaria que se iba inclinando hacia uno u otro lado a medida que iba recordando los sentimientos que habían despertado en su interior las actuaciones de cada una de sus posibles víctimas: un pedazo de decepción, un lingote de ira, un saco de desesperación, una pizca de envidia… También depositó en los platillos invisibles las porciones de alivio, consuelo y bienestar que le provocaría la desaparición de cada uno de ellos. ¿Qué ausencia reconfortaría más su existencia? ¿La muerte del exnovio de su enamorada arrojaría de nuevo a sus brazos a la que había sido su pareja durante los últimos años? ¿Acaso el fallecimiento de su jefe le devolvería su puesto de su trabajo con su prestigio y su salario correspondientes? ¿Sería posible que la defunción de su amigo traidor enterrara en su misma tumba el secreto que había desvelado sin importarle acabar con la confianza que les había unido desde que eran niños? ¿La desaparición del abogado desharía el acuerdo firmado? ¿Y el asesinato de aquel político corrupto, daría el poder a alguien honrado que beneficiara sus intereses?
Fueron varias horas las que pasó sentado en el mismo lugar. Tan concentrado estaba en meditar acerca del asunto que ya apenas era consciente del frío ni del malestar que sufría su cuerpo. La infausta oscuridad de la noche había dado paso a los primeros rayos de sol del amanecer, que empezaban a filtrarse con timidez entre la espesa niebla que todavía le envolvía. Con los primeros signos de claridad, también su mente pareció ver un poco de luz al final del túnel. Se sentía presa de un completo agotamiento, notaba la cabeza embotada y las articulaciones inflamadas pero no había dudas: estaba seguro al cien por cien de quién sería el destinatario de la bala de la venganza. Aquel pequeño proyectil, cargado de rencor, rabia y desilusión, acabaría de una vez por todas con la vida de la única persona cuya muerte supondría el verdadero final de su sufrimiento.
¡Qué ironía!
Sonrió con amargura; incluso se permitió soltar una carcajada sarcástica. En última instancia, la vida no era más que una sucesión de sufrimientos que desembocaban en la tranquilidad del más allá; desaparecer del mundo para viajar hasta un lugar en el que no existe el dolor ni las preocupaciones.
Colocó despacio el extremo del cañón sobre su sien y, sin pensarlo más, apretó con furia el gatillo. Un instante después, varias gotas de lluvia se estamparon contra su cuerpo inerte. La tormenta comenzó a descargar de nuevo con fuerza y el agua se mezcló con el líquido pegajoso y caliente que salía de lo que quedaba de su cabeza. De su pecho, poco a poco, comenzó a elevarse una columna de luz verdosa que se deslizó por el aire hasta que desapareció a través de la pileta de la Fuente de los Cuatro Caños. La niebla comenzó a disiparse con parsimonia, devolviendo a Fuenlabrada la tenue luminosidad del amanecer de un nuevo día de invierno, y la risa satisfecha del Apaciguador de Almas retumbó en medio del silencio de las calles desiertas. Una vez más, como siempre hacía, había cumplido su misión.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Seguir vía email

Páginas vistas en total