viernes, 14 de noviembre de 2014

SOCIOLOGÍA DE LA CORBATA

Comenzó desanudándose la corbata y arrojándola sobre la cama de forma casi violenta. Se llevó las manos a la cabeza y se alborotó el pelo, que hasta entonces había permanecido sumiso y controlado bajo la autoridad de la gomina. Se quitó los zapatos sin siquiera desatar los cordones y liberó su camisa de los límites que le imponía la cinturilla del pantalón.

El calor que desprendía su propia persona le atenazaba. Caminó despacio hasta el cuarto de baño y se remangó la camisa, dejando al aire el dragón tatuado que habitaba en su antebrazo derecho. Se empapó la cara y el cuello para refrescarse y, con las gotas de agua corriéndole por las sienes, levantó el rostro hacia el espejo, que le devolvió una sonrisa triunfal. Guiñó un ojo a su reflejo justo antes de colocarse los pendientes que adornaban su ceja y sus dos lóbulos desde la adolescencia. Así estaba mejor…

Se acercó de nuevo hasta la cama y tomó la corbata que descansaba sobre las sábanas arrugadas. La deslizó ente los dedos varias veces, sopesando su textura y su significado. Después, estalló en sonoras carcajadas. La ridícula situación que acababa de vivir bien merecía desmigar la tensión entre risas. Le parecía increíble el efecto tan poderoso que podía provocar una simple tira de tela enroscada alrededor del cuello y culminada con un nudo pomposo.

Introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo despacio el botín. Solo entonces, por primera vez, se fijó en lo que había sustraído: no era mucho, pero sí lo suficiente. Suspiró y dirigió la vista al techo, rememorando lo que había sucedido aquella tarde.

corbata-rayadas

Hacía unos minutos que las farolas se habían encendido y el horario comercial enfilaba la cuenta atrás hacia sus últimos minutos de la jornada. Ataviado con su disfraz de ejecutivo, franqueó con confianza la puerta de la primera tienda. Saludó cortésmente al tendero que, en esa ocasión, permaneció en su puesto tras el mostrador en lugar de iniciar la persecución silenciosa con la que lo había atormentado las otras veces. Unos minutos después abandonó el local, despidiéndose con educación y ocultando en su bolsillo un producto pequeño que, desde luego, no había pagado. Nadie había sospechado de él. Sorprendido por lo sencillo del asunto, repitió la secuencia en otros tres comercios más, a los que había acudido en un par de ocasiones mostrando su aspecto normal. Mismo resultado. Aquello era, cuando menos, sorprendente y, desde luego, un chollo. Podría haber seguido así todo lo que quedaba de tarde, pero ya estaba bien por el momento…

Desparramó sobre el colchón sus trofeos y procedió a retirar con mucho cuidado su tercer ojo, ese que le había servido para observar sin ser visto y para tener un testigo de sus peripecias. Desenganchó la pequeña cámara del bolsillo de la camisa y la depositó con suavidad sobre su escritorio. Sustituyó el resto de su ropa por una camiseta gastada y un pantalón corto y se acomodó frente al ordenador. Mientras esperaba a que el equipo informático arrancara, dirigió una nueva mirada fugaz a los cachivaches que descansaban sobre sus sábanas; lástima que su conciencia fuera tan fuerte, sabía que al día siguiente no podría evitar acudir a saldar sus deudas. Pero ahora debía concentrarse…

Abrió el procesador de textos y prosiguió con la redacción de su tesis doctoral sobre el poder que todavía poseen los estereotipos en pleno siglo XXI.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Seguir vía email

Páginas vistas en total