miércoles, 1 de octubre de 2014

El tesoro impensado

En pleno corazón de la Península Ibérica, se extiende una inmensa finca que huele a olivos, vino y cereales. Dicho terreno está presidido por un castillo medieval que, en pleno siglo XXI, fue testigo del extraordinario suceso que aquí se relata…

Hacía pocas semanas que Adrián había comenzado a trabajar en la finca. Una mañana, mientras recorría la parte más alejada del bosque que rodea el castillo, descubrió por casualidad una pequeña planta que crecía solitaria entre los altos árboles: tenía un tronco fino pero retorcido y unas hojas grandes y dentadas de un color naranja brillante. Permaneció un rato en silencio, observándola y preguntándose cómo habría ido a parar allí. Sabía de qué tipo de planta se trataba pero el color de sus hojas no se parecía en nada al verde de las demás de su especie. Repasó con la mirada el espacio que le rodeaba: todo parecía normal, excepto por los restos de una vasija de barro que se confundían con la tierra un poco más adelante. Tras mucho pensar, el muchacho llegó a la conclusión de que una semilla debía de haber caído por casualidad en ese punto y, como nadie se había percatado, había crecido de forma descontrolada. También supuso que el color de sus hojas se debía a la falta de luz. Adrián giró sobre sus talones y regresó al trabajo, dejando la planta donde estaba pero llevándose con él la curiosidad que se había despertado en su interior.

Unos días después, el joven regresó junto a la planta y ya no pudo separarse de ella. Cada jornada, durante su tiempo de descanso, acudía al recóndito rincón del bosque para cuidar de la pequeña cepa: la mimó, la podó cuando fue necesario, quitó las hojas que impedían que el sol llegase hasta ella y vio cómo poco a poco crecía, convirtiéndose en una planta fuerte y robusta. Tras muchos meses de dedicación, en las ramas de la vid empezaron a brotar unas pequeñas flores que pronto se convertirían en jugosos frutos. Sin embargo, algo iba mal: su color no era normal. No eran verdes y ni siquiera poseían un tono azulado; más bien se podía decir que eran del color del oro. El muchacho se entristeció al comprobar que todo aquel trabajo había sido en vano. Tantas horas invertidas en la planta, tantas caminatas secretas para cultivar unos frutos que al final no eran lo que él esperaba. Quizás aquello no era más que una planta silvestre; tal vez su madre tenía razón cuando le decía que su afición por la agricultura y por la enología no le llevarían a ningún sitio y que debía sentar la cabeza y buscar un trabajo serio. Adrián, disgustado, se alejó de la planta y no volvió a visitarla durante algún tiempo.

Sin embargo, una tarde, sin saber cómo, sus pies le condujeron de nuevo hasta la cepa. Cuando llegó, comprobó sorprendido que los frutos tenían ya la forma y la textura de una uva lo suficientemente madura para ser recolectada. Una ola de orgullo le recorrió todo el cuerpo hasta que el pesimismo la derribó como lo hace el acantilado con las olas saladas del mar. ¿Para qué iba a recogerlas si no iban a servir para otra cosa que para terminar en el cubo de la basura? Por su color, apostaba a que tenían un sabor bastante agrio. Aun así, no fue capaz de resistirse y, cuando se dio cuenta, su mano había arrancado ya una de aquellas extrañas uvas y la había depositado en su boca. Adrián paladeó desconfiado, pero enseguida quedó impresionado por la suavidad de la piel del fruto. Después, lo machacó entre sus muelas y todo un abanico de aromas y sabores dulces embriagó sus sentidos. Jamás había probado algo tan delicioso.

Emocionado por su descubrimiento, recogió un par de racimos en un cubo pequeño y corrió hacia las bodegas, donde sus compañeros estaban trabajando. Sin decir ni una sola palabra, fue introduciendo una uva en la boca de cada uno de ellos. Después permaneció quieto, observándoles nervioso, mientras esperaba a que reaccionaran. Las caras de los demás no dejaban lugar a dudas, estaban disfrutando de aquella experiencia tanto como lo había hecho él.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó una mujer menuda que continuaba relamiéndose los labios.

Adrián les explicó con todo lujo de detalles la historia de cómo había encontrado la solitaria planta y la había cuidado hasta conseguir que diera frutos. También les mostró el color tan extraño que poseían sus uvas y esperó ansioso a que alguien propusiera la idea que le rondaba la cabeza desde hacía un rato. Al ver que nadie se atrevía a decir las palabras mágicas, decidió dar él mismo el paso.

—¿Creéis que podríamos probar a hacer vino? —propuso, con decisión.

Algunos de sus compañeros tomaron aquella propuesta como una muestra de soberbia por parte del joven mientras que otros la aceptaron con ilusión. Pero enseguida unos y otros se dieron cuenta de que había un problema: no eran ellos quienes debían tomar una decisión como esa. Adrián asintió ante el nuevo obstáculo y se dirigió hacia el despacho del jefe, con sus uvas doradas preparadas para sorprenderle.

Mientras esperaba a que le dieran permiso para entrar en el despacho, el joven se devanaba los sesos tratando de decidir cuál era la mejor manera de presentar a su jefe la idea. La elaboración del vino no era cosa de un rato, se trataba de un proceso artesanal bastante largo y tedioso, así que su jefe no iba a permitir parar la producción para satisfacer el capricho de un novato.

Cuando la voz severa del jefe le indició que podía pasar, todavía no había decidido cómo iba a llevar a cabo su exposición, así que no le quedó más remedio que improvisar sobre la marcha. Sin siquiera tomar asiento, Adrián comenzó a hablar. Las palabras salían atropelladamente de su boca, explicando la historia de las misteriosas uvas como si no fuera capaz de detenerse hasta que lo hubiera soltado todo. Mientras tanto, la mueca de su superior se fue transformando desde un rictus serio hasta una cómica sonrisa que terminó en una sonora carcajada provocada por la actitud ingenua e ilusionada del muchacho.

—Bueno, si de verdad quieres convencerme, tendrás que demostrarme lo impresionantes que son esas uvas tuyas —dijo el hombre, recobrando el gesto severo.

Adrián depositó el cubo sobre la mesa e hizo un gesto para invitar al jefe a que las probase. El hombre se inclinó en la silla para tomar el único racimo que conservaba la mayoría de sus uvas. Lo observó atentamente, maravillándose con sus tonos dorados. A continuación palpó los frutos y se los acercó a la nariz para aspirar su aroma. Finalmente, tomó una de las uvas y se la llevó a la boca. Mantuvo su mueca seria mientras paladeaba la fruta y Adrián, nervioso, se retorcía las manos sudorosas.

—¿Y cómo has dicho que es de grande tu cepa? —preguntó por fin el hombre.

—Pues bastante grande, señor —respondió Adrián con educación—. Cuando la encontré aún era una plantita débil pero durante todos estos meses ha crecido mucho.

—No me gusta que hayas hecho todo esto sin consultarlo con tus compañeros. Aquí todos trabajamos en equipo —le reprendió el superior.

—Lo sé, señor. Lo siento. Pero tenía miedo de que arrancaran la planta sin darle una oportunidad —se excusó el muchacho, perdiendo toda esperanza—. Le aseguro que no he descuidado mi trabajo nunca, señor. Me he encargado de la planta sólo en mis ratos libres.

—Bien —respondió el otro, llevándose una nueva uva a la boca—. ¿Y crees que podrías llenar una caja?

—Creo que sí, señor —contestó Adrián, empezando a entusiasmarse de nuevo—. Tiene unos racimos bastante hermosos.

—De acuerdo entonces, Adrián. Quiero que dejes todo lo que tengas que hacer hoy y vayas con tu compañera Ana a vendimiar. Mañana mismo nos dispondremos a comprobar qué clase de caldo producen estas uvas doradas.

Adrián comenzó a dar saltos por el despacho y estrechó con ímpetu la mano de su superior.

—¡Gracias señor! Ahora mismo voy —dijo, antes de salir corriendo en busca de su compañera.

Tras el largo proceso de elaboración, por fin llegó el día de sacar el vino de la barrica y probarlo. Todo el equipo acudió al acontecimiento, nadie quería perdérselo. Lo primero que pudieron percibir fue el color del vino, que era similar al oro líquido. Adrián hizo los honores de servirlo en las copas y todos ellos comenzaron la cata. Su textura era sedosa y el olor tan dulce que desprendía no era comparable con nada. Y el sabor… era indescriptible, ninguno de ellos había probado nunca nada parecido. Sin duda, aquel era el vino más delicioso que habían degustado nunca. Todos, entusiasmados y sintiéndose afortunados por el descubrimiento, brindaron con el mejor vino que se había producido nunca.

En seguida, la noticia del vino dorado corrió como la pólvora y fueron muchos los que se interesaron por aquel extraordinario manjar. Durante los siguientes meses intentaron una y otra vez sembrar nuevas cepas de uva dorada, pero todos los esfuerzos fueron en vano, aquella planta era única e irrepetible. Por ello, se le concedió una atención incomparable: Adrián fue nombrado su protector y dedicaba todos sus esfuerzos a cuidarla con pasión y mimo. La producción de uvas continuó a un ritmo fantástico y, a pesar de tratarse de una sola planta, era capaz de dar los racimos suficientes para poder embotellar unas pocas decenas de litros cada año. Este caldo dorado era destinado a los clientes más selectos de la bodega y, por supuesto, cinco de aquellas botellas eran siempre cedidas a Adrián, que no dudaba en compartirlas con sus compañeros.

Los beneficios derivados de aquel líquido dorado llegaron pronto, permitiendo llevar a cabo nuevos proyectos turísticos en la finca. Muchas y muy variadas fueron las leyendas que surgieron sobre la aparición de aquella cepa «mágica» pero nunca nadie supo con certeza cuál era su verdadera historia…

 

Muchos meses atrás…

El sol brillaba con fuerza aquella mañana. A través del techo descapotado del viejo automóvil se apreciaba un limpio cielo azul. Arturo conducía despacio, agarrando con firmeza el volante con sus manos cubiertas por unos guantes de cuero finos; sobre su cabeza descansaba un elegante sombrero de paja. A su lado, en el asiento del copiloto, Eva bostezaba, estirando los brazos como si quisiera tocar el cielo; llevaba un pañuelo estampado anudado a la nuca para no despeinarse con el viento y unas enormes gafas de sol cubrían la mitad de su cara. El cansino traqueteo del motor se veía amortiguado por una suave música instrumental que salía del aparato de radio. Durante todo el viaje no se había escuchado ni una sola palabra. Tras una hora larga de camino, estaban a punto de llegar.

Arturo detuvo el coche con suavidad y se sacó los guantes mientras observaba lo que tenían delante: kilómetros y kilómetros de viñedos que escoltaban a un hermoso castillo medieval. Sus labios dejaron escapar un largo silbido.

—¡Vaya, vaya! Así que esta es la famosa finca —exclamó con ironía—. Me parece que nos lo vamos a pasar bien.

Arturo dirigió una mirada a Eva, que en ese momento se estaba pintando los labios de un color rojo intenso. La mujer tenía algo más de treinta años, su piel era fina y pálida como la de una muñeca de porcelana y sus pómulos se veían realzados por el maquillaje. Tenía una larga melena castaña y llevaba puesto un ligero mono de pantalón largo que dejaba intuir sus atractivas curvas. Arturo la observaba con deseo, anhelando que por fin aquella noche… De pronto ella se quitó las enormes gafas de sol y clavó en él sus intensos ojos verdes.

—No vengo a divertirme. Lo único que me importa es que todo salga bien —soltó con tono cortante.

Arturo tragó saliva. Era un hombre alto y fuerte, bastante más mayor que Eva. Su cara estaba parcialmente cubierta por una barba cortada con pulcritud pero plagada de canas. Vestía un polo y unos pantalones claros.

—¿Has traído…? —preguntó él, pero ni siquiera le dio tiempo a terminar antes de que ella le fulminara con la mirada.

—Ya sabes que sí —respondió ella, molesta, dando unos suaves golpecitos a su bolso de mano.

Eva sacudió la cabeza, dudando de la inteligencia de su acompañante, mientras él le tendía el brazo. Se agarró y le regaló una sonrisa sarcástica.

—Está bien. Vamos allá, querida.

A la entrada de la finca encontraron a varias parejas que, como ellos, había acudido para disfrutar de una jornada de turismo enológico. Unos minutos después, una muchacha morena, con melena corta y enorme sonrisa, les recibió a todos. Se presentó y les informó de que sería su guía a lo largo de toda la visita.

El día resultó de lo más intenso: primero dieron un agradable paseo por los viñedos para después introducirse en las bodegas y en el proceso de elaboración de los vinos. La guía les explicaba con esmero cada una de las tareas que eran necesarias para producir sus famosos caldos y al final todo el grupo acudió a una pequeña sesión de cata. Más tarde, tras disfrutar de una deliciosa comida tradicional, el grupo se dirigió a visitar el precioso castillo medieval. Desde lo alto de la torre se podía contemplar el bosque, una parte más de aquella inmensa propiedad. Eva tomó a Arturo por el brazo y tiró de él para apartarlo un poco del resto de los visitantes. Después señaló con el dedo hacia un punto del bosque en el que se veía una pequeña construcción de piedra.

—Es el pozo —susurró en el oído del hombre.

Él asintió, comprendiendo a la perfección lo que aquello significaba.

Cuando la guía indicó que debían dar por concluida la visita, todos descendieron por las escaleras de piedra y se dispusieron a dirigirse a la salida. Todos menos dos.

—¿Estás lista? —preguntó Arturo en un susurro.

—Yo siempre estoy lista —respondió Eva, molesta, tirando con fuerza del brazo de su compañero para ocultarse ambos detrás de las paredes del castillo.

Una vez que los sonidos de los pasos y las voces de los que habían sido sus compañeros de jornada se desvanecieron, Eva comenzó a buscar en su bolso hasta que localizó el sobre amarillento; en su interior había una breve carta y un mapa dibujado a carboncillo.

«Amado hijo, te lego las indicaciones para localizar el tesoro de la familia. Sé cuidadoso cuando decidas ir a buscarlo, es algo muy valioso y necesita de un guardián adecuado. La riqueza que puede aportar es incalculable. Cuídalo.»

Evidentemente, aquella carta escrita en el lecho de muerte de un antepasado de la familia nunca había llegado a su destinatario y, tras muchos años extraviada, por caprichos del destino, había ido a parar a las manos de Arturo. Él, un hombre solitario y enamorado, no había dudado ni un instante en compartir aquel hallazgo con Eva. La historia de cómo se habían conocido resultaba de lo más inverosímil pero, desde el primer instante, Arturo había caído rendido a pesar de ser varias décadas mayor que ella. Aquella no era la primera vez que actuaban juntos: obras de arte, herencias familiares y otros objetos de valor ya habían sido víctimas de sus diligencias; hacían un buen equipo a la hora de llevar a cabo maniobras para conseguir ese tipo de riquezas. Y Arturo, a pesar de la frialdad que siempre mostraba Eva, esperaba que algún día lo formaran también en un ámbito más íntimo.

La mujer había ya desdoblado el mapa y lo observaba con atención.

—Es por allí —ordenó, señalando hacia el bosque—. Vamos. No perdamos más tiempo.

Eva comenzó a andar y Arturo la siguió, como siempre, sin cuestionar sus decisiones. Pronto llegaron hasta el viejo pozo. Ambos se detuvieron un momento a consultar el mapa y continuaron caminando despacio, siguiendo todas las indicaciones. Unos minutos después alcanzaron un claro, en el que el mapa aseguraba que estaba escondido el tesoro.

—¿Dónde estará enterrado? —preguntó Arturo, sopesando las posibilidades que ofrecía aquel paraje.

Eva, muy decidida, se acercó hasta uno de los árboles y golpeó con los nudillos su tronco, justo donde la madera dibujaba un círculo.

—Es ahí —indicó al hombre.

Arturo no necesitó más explicaciones y se puso manos a la obra. Retiró el círculo de madera, que se desprendió con una facilidad sorprendente, y se asomó por el agujero al interior de un tronco completamente hueco. Ayudado por una pequeña linterna que le había tendido Eva, introdujo un brazo por el hueco y rebuscó hasta que palpó algo de textura lisa. Lo agarró como pudo y lo extrajo con dificultad. Se trataba de una vasija de barro, probablemente fabricada por los antepasados de la familia en el horno que poseían en la finca. La vasija estaba cerrada con un tapón de corcho.

—¡Por fin, el tesoro va a ser nuestro! ¡Vamos a ser ricos! —exclamó Arturo, con ansia.

—¡Déjame a mí! —ordenó Eva, arrancando la vasija de las manos del hombre.

La mujer admiró durante un instante el jarrón. Por fin, tras tantos meses de preparativos, de estudiar desde la distancia cada rincón de la finca, habían logrado encontrar el valioso tesoro que les iba a proporcionar riquezas sin igual. Con sus finos dedos retiró el tapón de corcho y se asomó con impaciencia al interior de la vasija. ¿Qué sería lo que escondía? ¿Oro? ¿Quizás las llaves con las instrucciones para llegar al lugar donde la familia había escondido una gran fortuna? Pero entonces algo terrible sucedió: la vasija parecía estar completamente vacía. Eva, encolerizada, la volcó, haciendo que de su interior saliera lo que parecía una única y diminuta semilla que fue a parar a la tierra.

Eva, llena de ira, se volvió hacia Arturo.

—¿Qué clase de broma es esta? ¡Eres un inútil! ¡Te han engañado! ¡Me has hecho perder el tiempo! —chilló, presa de la furia. Y sin previo aviso lanzó la vasija hacia la cabeza de Arturo, que fue capaz de esquivarla, haciendo que se estrellara contra el suelo y quedara reducida a pedazos—. ¡No vuelvas a contar conmigo para nada! ¡Nunca más quiero volver a verte!

El hombre no comprendía nada, pero tampoco tuvo tiempo de buscar una explicación antes de que la mujer se volviera sobre sus talones y empezara a alejarse, golpeando con rabia el suelo a cada paso y dejando atrás una nube de polvo. Arturo, humillado y entristecido, echó a correr tras ella, suplicando una y otra vez su perdón. Por culpa de una miserable semilla acababa de perderlo todo…

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