viernes, 15 de febrero de 2013

Amor de verano

1.

–Bueno… ¿qué es eso tan importante que tenías que contarme? –me pregunta Tamara, en cuanto el camarero se retira después de habernos servido un par de cervezas y un platito de aceitunas.

Tamara es mi mejor amiga desde que nos conocimos en la universidad. Quizá puede parecer extraño e incluso algunos pensarán que algo así no puede funcionar, pero me encanta que sea una chica; de este modo siempre puede darme un punto de vista que yo no tengo.

–He conocido a una chica –le suelto, tratando de contener una risita que lucha por escaparse–. Bueno, en realidad, creo que me he enamorado.

Ella me observa con los ojos muy abiertos mientras una enorme sonrisa se dibuja en sus labios.

–¡¿De verdad?! –pregunta, a la vez que acerca su silla un poco más a la mía–. ¡Cuéntamelo todo, pero ya!

Siento que me estoy ruborizando y que las manos me sudan. A mis casi treinta años no he tenido demasiadas experiencias amorosas y Tamara lo sabe. Doy un trago largo a la cerveza y carraspeo antes de comenzar la historia:

“Estábamos una tarde en la piscina del hotel y se nos acercó un grupo de chicas. Bueno, un grupo de niñas de veinte años, más bien. Ya sabes cómo son mis amigos –Tamara pone los ojos en blanco, haciéndome saber que ha entendido a lo que me refiero–. Así que de repente estábamos los dos grupos compartiendo tumbonas y bebiendo mojitos. No hace falta que te cuente cómo terminó todo, supongo –ella niega con la cabeza–. Vale, pues yo no estaba nada cómodo y me fui a nadar un rato. Sin embargo, no pude dar ni dos brazadas porque una de las chicas se pegó a mí como una lapa. Empezó a contarme su vida, a abrazarme y a ponerme las tetas en la cara. Literalmente, porque iba en topless –Tamara suelta una carcajada y arquea las cejas ante tal aseveración–. Cuanto más intentaba quitármela de encima, más pesada se ponía.”

–Pobrecito… Una veinteañera en topless le hace cariñitos y él solo sufre –comenta Tamara con tono burlón.

–Ja, ja. Muy graciosa –le respondo, haciéndole ver que estoy molesto. Ella se ríe y me indica con un gesto que siga con el relato.

“En un nuevo intento de huir de ella, me acerqué al bordillo para salir de la piscina, con la excusa de que tenía frío. Allí estaba sentada una chica que se reía a carcajadas, pero no la presté atención. Mientras salía del agua, la oí hacer un comentario bastante desagradable sobre lo que me acababa de pasar, así que me volví hacia ella para plantarle cara.

–¿Te crees muy graciosa? –le pregunté bastante enfadado.

Ella se levantó y se detuvo frente a mí, a escasos centímetros. Se quitó las enormes gafas de sol que llevaba puestas y me miró con sus ojos azules. Era preciosa. Tenía la piel morena y el pelo oscuro y llevaba puesto un bikini amarillo diminuto. Me quedé totalmente embobado, no sabía qué hacer ni qué decir. Ni siquiera era capaz de apartar los ojos de ella. Te puedo asegurar que en ese mismo instante se me pasaron todas las ganas de discutir. Hubiera pasado el resto de mi vida allí de pie, mirándola y sintiéndola tan cerca que casi podía rozarla.

Me respondió con un frío sí y me sostuvo la mirada, sabiendo perfectamente que resultaba irresistible para cualquiera. Eso me hizo volver en mí; no soporto a la gente que se cree superior. Entonces nos pusimos a discutir a gritos hasta que… ¡Atención! ¡Me mandó a la mierda y se fue de allí toda ofendida! ¡Ella! ¡Pero si había sido precisamente ella quién había empezado todo!

Lo peor es que mientras se alejaba, volví a quedarme allí, embobado, contemplando cómo se movía al caminar. Parecía una diosa.”

Llegados a este punto, Tamara comienza a reírse a carcajadas. Lo admito, contado así, la historia resulta un poco cómica.

–¿Y eso fue todo? ¿Esa es la chica a la que has conocido en las vacaciones? ¡Pues qué desilusión! Sinceramente, me esperaba otra cosa –me dice, algo defraudada.

–¡Mira que eres impaciente! Si no te gusta la historia, dejo de contártela –le respondo, tomándome la revancha.

Tamara muerde una aceituna y me hace un gesto para que sepa que no volverá a abrir la boca. Entonces continúo:

“Esa misma noche, teníamos pensado salir de discotecas. Después de cenar en el hotel, subí a la habitación porque se me había olvidado la cartera y, por una extraña broma del destino, me encontré con ella en el ascensor. Estaba aún más preciosa que en la piscina. Apenas podía respirar y las manos comenzaron a sudarme. El corazón me empezó a latir tan fuerte y tan deprisa que temí que ella pudiera oírlo. Tosí, en un intento de aplacar el tamborileo de los latidos. Traté de poner cara de pocos amigos y recé todas las oraciones que sabía para que el ascensor llegara a mi piso lo antes posible.

Cuando por fin llegamos me bajé a toda prisa, sin siquiera esperar a que las puertas se abrieran del todo. Para mi sorpresa, ella también fue a salir del ascensor pero debió tropezarse y acabé tumbado en el suelo con ella encima. Nuestros cuerpos completamente juntos y su cara a escasos centímetros de la mía. Olía tan bien…

Estaba a punto de morirme de un ataque de nervios cuando, de pronto, sentí sus labios en los míos. Eran carnosos y dulces. Respondí a su beso y nos quedamos allí un rato, besándonos y acariciándonos como dos adolescentes. Después nos cogimos de la mano y nos fuimos a mi habitación. Nos seguimos besando, abrazando y al final terminamos en la cama. Fue una noche increíble.

No te puedes imaginar lo que sentí cuando me desperté al día siguiente y la vi allí, tumbada a mi lado. Pedí el desayuno al servicio de habitaciones y la desperté acariciándole la espalda desnuda. De verdad, fue mágico.”

–¡Me alegro muchísimo por ti! –exclama Tamara–. ¿Y ahora qué vais a hacer?

–Esa es la parte mala de la historia –respondo, perdiendo la euforia anterior–. A mí me encantaría volver a verla. Desde entonces no he podido dejar de pensar en ella ni un solo minuto. Creo que nunca antes había sentido nada parecido por nadie. Con ella todo ha sido especial. El problema es que no nos acordamos de darnos los teléfonos, ni los correos, ni nada. Su autobús salía ese mismo día por la mañana y cuando se dio cuenta se fue a toda prisa para no perderlo…

En ese momento, Tamara se levanta de la silla, haciendo un ruido infernal al arrastrarla, y da un manotazo a la mesa.

–¡¿Que no os acordasteis?! ¡¿En qué narices estabas pensando?! –me grita, sin importarle que estemos sentados en una terraza de un bar en plena calle.

La cojo del brazo y la obligo a volver a sentarse.

–En ese momento estaba en una nube –trato de explicarle–. Te prometo que no fui consciente de que la estaba perdiendo. Nos despedimos como se despide una pareja que se va a ver dentro de un rato y cuando cerró la puerta me quedé tumbado en la cama, recordando cada detalle de aquella noche. Solo unas horas después empecé a ser consciente de que había metido la pata. Y desde entonces no paro de torturarme pensando en que fui un estúpido. Estoy seguro de que ella estaba esperando a que se lo pidiera yo y ahora pensará que soy el típico tío que va a lo que va y no le interesa nada más.

Lo reconozco, decirlo en voz alta ha sido extremadamente doloroso. Es como si al habérselo contado a alguien, aquella parte de la historia se hubiera hecho completamente real. No sé si me explico pero, después de contárselo a Tamara, por primera vez siento que de verdad he perdido para siempre a la mujer de mi vida.

Mi amiga me observa y pone su mano sobre la mía. Es su modo de hacerme saber que está ahí para lo que necesite. Creo que no sabe qué decirme.

–No puedes rendirte tan deprisa –al final se decide a hablar–. Tienes que aprovechar cualquier mínimo dato que tengas. A ver, ¿qué es lo que sabes?

–Su nombre –respondo, dándome cuenta de que de ahí no hay por donde tirar.

–Vale –responde Tamara mientras coge una servilleta y saca un boli del bolso–. Tenemos su nombre, el hotel en el que ha estado alojada y la fecha en la que lo dejó. Sabemos las discotecas que hay por aquella zona. Y también creemos que volvió a casa en autobús. ¡Las redes sociales son una mina teniendo estos datos!

En solo un minuto, Tamara ha pasado de compadecerme silenciosamente a un estado de algo parecido a la euforia. La observo confuso. La verdad es que no tengo muchas esperanzas en su teoría y creo que ella se da cuenta porque enseguida cambia la expresión de su rostro y se pone muy seria.

– Venga, Raúl, no me digas que ni siquiera vas a intentarlo…

Vuelvo a mirarla y percibo un ápice de decepción en sus ojos. Quizá tiene razón. Por intentarlo no pierdo nada y puede que suceda un milagro y consiga dar con ella. De hecho, haría cualquier cosa que estuviese en mi mano por volver a ver aquella mirada azul y besar aquellos labios dulces. Sonrío y sacudo la cabeza. Una vez más, Tamara me ha convencido. Ella también sonríe. Llama al camarero y pide la cuenta.

–Mantenme informada de cualquier cosa que descubras, ¿eh? –me dice cuando nos despedimos.

 

2.

Reconozco que estos últimos días están siendo un completo agobio. Me he tomado tan enserio la idea de Tamara que lo único que me interesa es que llegue el momento de sentarme frente al ordenador para continuar con mi búsqueda.

La primera parte ha resultado completamente infructuosa, laberíntica y agotadora. Al introducir su nombre en el buscador de Facebook, lo único que he conseguido ha sido que aparezca ante mí una lista interminable de posibles coincidencias. Además, teniendo en cuenta que me dijo que se llamaba Pau, las opciones se multiplican. Ni siquiera sé si ese es su verdadero nombre de pila o si por el contrario es un diminutivo o algún tipo de mote. El caso es que en la red social existen cientos de miles de Paus, Paulas, Paulis, Paulinas y Paulitas. He tratado de reducir las posibilidades restringiendo la búsqueda únicamente a mi país, pero aun así he pasado muchas noches en vela, pegado a la pantalla, revisando cada uno de los perfiles. Sobra decir que no he encontrado nada. Es más, cuando estaba a punto de terminar, algo ha llamado mi atención en el perfil de una de las chicas: entre paréntesis, junto a su nick, pone María Paula. Se me cae el alma a los pies. ¿Cuántas posibles combinaciones de nombres podrían tener como resultado el diminutivo de Pau? Solo de pensarlo siento vértigo y tengo que apagar el ordenador y tumbarme en el sofá.

Ahora mismo acabo de dar por concluida la segunda parte de la búsqueda. He visitado las páginas webs y perfiles en las redes sociales de todas las discotecas y bares de copas de la zona costera en la que nos conocimos. Es increíble la cantidad de fotos que sube la gente a esos sitios. Sabía más o menos las fechas en las que me tenía que centrar y examiné con minuciosidad cada una de las imágenes y comentarios colgados durante esos días. Nada.

Tamara me llama por teléfono a menudo para preguntarme por mis progresos. Siempre me saluda con la voz impregnada en una alegría desbordante. Estoy seguro de que cada vez que marca mi número está convencida de que le daré buenas noticias. Sin embargo mi respuesta es siempre la misma. Después ella trata de animarme diciéndome que aún quedan vías para dar con Pau, pero yo ya he perdido casi por completo la esperanza. De hecho, estoy a punto de gastar mi último cartucho.

Descuelgo el teléfono de casa y marco el número del hotel con manos temblorosas. Enseguida me responde muy amablemente una señorita. Las gotas de sudor empiezan a empaparme la frente y la voz me falla. La recepcionista, al otro lado de la línea, comienza a impacientarse. Trago saliva y carraspeo.

–Buenas tardes. Perdone que le moleste, pero estuve alojado ahí hace unos días y quería saber si podrían hacerme un favor. Es bastante embarazoso, pero le aseguro que no habría recurrido a ustedes si no hubiera sido estrictamente necesario. Lo he intentado por todos los medios posibles antes de llamar –suelto deprisa, casi sin darme tiempo a pensar lo que estoy diciendo.

–Me encantaría poder ayudarle señor, pero para eso necesitaría saber qué es lo que precisa –me responde ella pacientemente. Su tono hace que consiga relajarme un poco. Me esfuerzo en poner en orden mis ideas antes de volver a hablar.

–Verá, estuve alojado en el hotel una semana con mis amigos y allí conocí a una chica. Sin embargo no pudimos darnos los teléfonos ni ningún medio de contacto antes de marcharnos y necesito ponerme en contacto con ella urgentemente. Sé que es un atrevimiento enorme, pero me preguntaba si usted me podría facilitar algún dato para poder contactar con esta chica –cuando termino de hablar me doy cuenta de la estupidez de mi ocurrencia y estoy a punto de colgar.

–Lo siento muchísimo señor, pero en este hotel tenemos una estricta política de protección de datos que nos impide facilitar la información que me solicita. Lo lamento mucho, de verdad –la respuesta, aunque esperada, me cae como un jarro de agua fría. La última oportunidad que tenía de reencontrarme con la mujer de mi vida se despedaza ante mis ojos.

–Muchas gracias –respondo en una voz casi inaudible y cuelgo el teléfono, sabiendo que con él he colgado también mi historia de amor.

 

3.

Esta noche ha sido una de las más largas de mi vida. El tictac del reloj sonaba especialmente fuerte, casi podría decir que retumbaba en el silencio de la oscuridad. He sido testigo de cada una de las vueltas que han dado sus agujas y he podido contemplar los primeros rayos de sol empezando a colarse por las rendijas de mi persiana. He recorrido una decena de veces el corto pasillo de mi piso, he puesto una suave música a modo de nana, he visto varios programas de tele-tienda y he intentando concentrarme en la lectura, pero nada de eso ha conseguido ayudarme a conciliar el sueño.

Espero ansioso a que el mundo se ponga de nuevo en marcha, a que el sol se sitúe en el centro del cielo y a que las señales horarias de la radio me avisen de que ya es una hora razonable para llamar por teléfono. Solo entonces tomo mi móvil y marco el número de Tamara.

–¿Qué ha pasado? –me pregunta sin tan siquiera saludarme.

Le cuento lo que sucedió ayer y ella me riñe por no haberla avisado antes. Le explico que no tenía ganas de hablar con nadie, que necesitaba estar solo para ordenar un poco mi mente y mi corazón. La oigo resoplar al otro lado de la línea. Sé que está decepcionada por el fracaso de la búsqueda y enfadada consigo misma, pues en el fondo se siente culpable por haberme animado a hacerlo. Nos despedimos, prometiendo que volveremos a hablar más tarde.

Paso el resto de la mañana haciendo limpieza en el piso para mantenerme ocupado y dejo la radio puesta para que me haga compañía.

Cuando pasan varios minutos de la una del mediodía suena el timbre. Extrañado voy hacia la puerta, dando saltitos para evitar pisar las partes del suelo que aún no están del todo secas, y abro sin molestarme en mirar quién es.

–Venga, pégate una ducha rápida y vístete que nos vamos de compras –dice Tamara con su habitual entusiasmo–. Tengo el coche aparcado en la puerta en doble fila, así que date prisa. Yo mientras lo vigilo desde la ventana.

Sin darme tiempo a protestar, Tamara me empuja hacia la puerta del cuarto de baño. Me ducho rápidamente, me visto y en menos de quince minutos salimos de casa. No estoy nada convencido del plan que propone mi amiga pero tengo miedo de contradecirla, así que me siento dócilmente en el asiento del copiloto y me dejo llevar hasta un enorme centro comercial.

–Tengo hambre –dice Tamara al pasar por delante de un restaurante italiano–. Te invito a comer y ya después empezamos a fundir las tarjetas de crédito.

Yo no tengo mucha hambre, pero de nuevo me veo arrastrado hasta el interior del local. Sé que mi amiga está intentando hacer todo lo posible por animarme pero realmente no tengo muchas ganas de nada.

Comemos unas pizzas mientras Tamara no deja de hablar de mil cosas, poniendo mucho cuidado en evitar nombrar algo relacionado con Pau.

Cuando terminamos, nos disponemos a visitar todas y cada una de las tiendas del centro comercial. O, al menos, ese es el objetivo de mi amiga.

Entramos en la primera y recorremos los pasillos mirando ropa, buscando tallas y eligiendo prendas para después probarnos. Tamara lleva tal montón de cosas que tiene que entrar a probárselas en varias tandas. Yo solo he cogido una camiseta gris que después dejo sobre el montón de prendas rechazadas porque no me gusta cómo me queda.

Tres horas más tarde voy cargado con cinco bolsas de cinco tiendas diferentes. Todas ellas propiedad de Tamara, claro. Mi amiga parece tener el don de que cualquier cosa que se pruebe le siente bien. Pero realmente las bolsas no suponen ningún peso comparado con lo que estoy padeciendo en mi interior. Mi mente lleva todo el día sufriendo una presión insoportable. Valoro el enorme esfuerzo que Tamara está haciendo por mantenerme entretenido pero yo soy incapaz de apartar mis pensamientos de la mujer con la que he soñado todas y cada una de las últimas noches. Esa mujer que con el solo recuerdo del roce de sus labios consigue que se me erice la piel. Esa mujer de la que, sin saber apenas nada, estoy completamente enamorado.

Tamara me observa porque llevo demasiado tiempo en silencio.

–¿Qué pasa, Raúl? –me pregunta, conduciéndome hacia un banco de madera que hay en el centro del pasillo.

–Tamara, te agradezco lo que intentas hacer, pero no es fácil olvidarme de ella –le respondo, sin mirarla–. Es muy duro.

–Lo supongo –me dice, poniendo su mano sobre la mía–. Pero tienes que hacer un esfuerzo, Raúl. La vida sigue adelante. Y además, piénsalo fríamente, casi no sabes nada de ella; en realidad no la conoces. Quizás haya sido mejor así…

Ahora sí la miro, tratando de retener las lágrimas, y ella dibuja una mueca que pretendía ser una sonrisa pero que muere por el camino. Lo que más me gusta de mi amiga es que siempre es sincera conmigo y aunque sé que le duele en el alma, acaba de decirme la verdad, la cruda realidad que yo no quiero ver. En realidad Tamara tiene razón; apenas sé nada de Pau. No sé si por falta de tiempo o por falta de interés, no sé quién de los dos se equivocó, quién tuvo la culpa de que algo tan maravilloso terminara de una forma tan brusca, pero el caso es que ahora estoy sufriendo por un fantasma, por alguien que ni siquiera sé si es como la recuerdo.

–Gracias, Tamara –es lo único que se me ocurre decir–. Gracias por estar siempre ahí.

–Odio verte mal –responde ella, apoyando la cabeza en mi hombro.

Nos levantamos y retomamos la marcha lentamente.

–¿Podemos entrar en una última tienda? –me pregunta Tamara–. Te prometo que después nos vamos y te dejo libre.

–Claro –le digo, luchando conmigo mismo por esbozar una sonrisa–. Entra en las que quieras.

Entramos en una tienda llena de gente, la mayoría de ellas chicas jóvenes. A Tamara se le ilumina la cara y comienza a examinar cada prenda del local. Unos minutos después tengo los brazos tan llenos de ropa que apenas puedo ver por encima del montón de tela.

Sin embargo, de pronto noto que la sangre de mis venas se hiela. El montón de ropa se me cae de las manos y me quedo rígido, como un palo, incapaz de hacer ningún movimiento. Siento que me empiezan a sudar las manos y que las rodillas me tiemblan. Haciendo un esfuerzo sobrehumano consigo moverme. Agarro a Tamara de un brazo y la arrastro hacia el exterior de la tienda.

–Pero ¿qué pasa? –me pregunta ella totalmente perpleja.

No puedo responder pues me encuentro totalmente concentrado en respirar, que ya es bastante. Al final termino mareado y tengo que sentarme. Tamara se sienta a mi lado, asustada.

–¡Raúl, no me asustes! ¿Qué te pasa? –me grita. Creo que teme que debido a mi estado de ansiedad no pueda oírla.

Hago gestos con las manos para intentar tranquilizarla, mientras poco a poco voy recuperando la compostura.

–Era ella –consigo decirle finalmente.

–¿Quién? –me pregunta sin comprender nada.

–Ella. La chica de los probadores. Pau.

Tamara me observa con curiosidad, arrugando un poco la nariz.

–¿Estás seguro? –cuestiona. No la veo nada convencida con mi teoría.

–Completamente. Esa mujer es única e inconfundible.

Tamara se levanta y se acerca a la puerta de la tienda para asomarse al interior. Se queda ahí unos minutos y después vuelve a mi lado.

–Es muy guapa –me dice–. Anda, ve al baño y arréglate un poco ese pelo. Lávate bien la cara y tranquilízate.

–¿Por qué? –pregunto de forma inocente.

–¿No querrás ir a hablar con ella con esas pintas?

Al oír las palabras de mi amiga me da un vuelco el estómago. Hablar con ella. ¡¿Hablar con ella?! ¿Y qué voy a decirle? Seguro que piensa que soy un cerdo por haberla dejado ir sin pedirle su teléfono. Seguro que ahora me odia y se cree que sólo quería acostarme con ella. ¿Qué voy a hacer? ¿Presentarme delante de ella con un pantalón para probarme y esperar a ver cuál es su reacción? ¿Y si empieza a gritar y a insultarme delante de toda esa gente?

–Tamara, no puedo ir a hablar con ella. No sabría qué decirle después de todo.

Mi amiga me observa con expresión escéptica y me da un manotazo.

–Mira, guapito, has estado removiendo cielo y tierra para encontrarla. Ahora la casualidad te la pone delante y me dices que no quieres hablar con ella. ¿Tú me vacilas?

Tamara, una vez más, tiene razón. Estoy enamorado de Pau y la tengo ahí, a escasos metros de mí, tan preciosa como aquella primera vez. Tengo que hacer algo. Tengo que intentarlo. Darme la última oportunidad.

Me doy la vuelta y me encamino hacia los servicios. Cuando vuelvo junto a mi amiga estoy algo más tranquilo y tengo aspecto de persona normal.

–Buena suerte –me dice Tamara antes de separarnos en el interior de la tienda.

Ella se queda junto a una mesa repleta de camisetas y yo me encamino hacia los probadores, con el corazón en un puño y la esperanza en el bolsillo.

 

4.

Me dirijo hacia Tamara con una enorme sonrisa en la boca. Me siento liviano, como si me moviera sobre una nube; ni siquiera noto el suelo bajo mis pies.

–Bueno ¿qué? –me insta ella, nerviosa.

La arrastro hasta un lugar que no esté a la vista desde el interior de la tienda y le explico que hemos quedado dentro de quince minutos para hablar. Aún no me creo que me esté pasando algo tan maravilloso. Estoy a punto de ponerme a saltar y a reír pero consigo contenerme. En realidad tengo miedo de que en cualquier momento vaya a despertarme y a darme cuenta de que todo es un sueño. Para asegurarme de que estoy equivocado pido a Tamara que me pellizque. Ella lo hace con mucho gusto mientras ríe; está muy contenta por mí.

A pesar de su felicidad, obligo a mi amiga a irse a pasear por el centro comercial y entro en el bar que está justo en frente de la tienda aunque todavía sea demasiado pronto. Aprovecho los minutos restantes para dos cosas. La primera: tranquilizarme y asegurarme de que puedo hablar como una persona normal. Y la segunda: pensar qué voy a decirle, cosa que resulta bastante complicada. ¿Cómo debería empezar? ¿Debería hablarle como si no pasase nada o sería mejor comenzar disculpándose? Y eso siempre que sea capaz de hacer algo más aparte de observar sus labios rojos. Antes me ha costado un mundo no besarla. Estaba tan preciosa…

El camarero interrumpe mis cavilaciones para preguntarme qué deseo tomar. Le digo que estoy esperando a alguien y él se aleja algo molesto.

Sin embargo no tengo que esperar demasiado. Un par de minutos más tarde la puerta del bar se abre y aparece Pau, atrayendo como un imán las miradas de todos los hombres del local.

 

5.

La conversación no dura mucho y cuando Pau desaparece a la carrera tras la puerta del bar, yo permanezco allí sentado durante varios minutos de completa confusión. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Por qué se ha puesto así? No soy capaz de entender absolutamente nada. Hace un momento era la persona más feliz del universo, tenía delante a la mujer de mi vida. Y ahora… ¡Soy un imbécil, un completo imbécil! Siento un dolor ardiente en el pecho y noto que mi mente se ha quedado completamente vacía.

Me levanto del taburete con torpeza, dejo sobre la mesa del bar un billete de 10€ y salgo de allí sin decir nada. Recorro los pasillos del centro comercial como un autómata. Ni siquiera puedo pensar a dónde debo dirigirme. Camino sin rumbo durante un rato, no sabría decir cuánto, hasta que por casualidad veo a Tamara sentada en un banco con todas sus bolsas en el suelo.

Ella me mira y por la expresión de su cara creo que acaba de adivinar lo que ha sucedido. Se levanta y me recibe en sus brazos. Yo escondo la cara entre su pelo y lloro como un niño. Tamara me acaricia la espalda y el cabello mientras de su boca salen palabras dulces, palabras de apoyo y de calma. Una vez más, mi mejor amiga está ahí para amortiguar el golpe, para curar mis heridas y más tarde ayudarme a que me levante. Ahora mismo, lo único que tengo claro es que no quiero perderla. Nunca.

Olvidar a Pau será una tarea dura. La llaga que ha dejado abierta en mi corazón tardará muchísimo tiempo en cerrarse y sospecho que la cicatriz permanecerá ahí para siempre, como una señal de advertencia de los graves y dolorosos peligros que conlleva enamorarse.

Aquí mismo me hago una firme promesa: No lo volveré a hacer nunca más.

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