lunes, 4 de febrero de 2013

Aladina

Había una vez un pequeño pueblo en el que sólo vivían adultos. Allí, siempre hacía frío y todo estaba oscuro. Sus habitantes caminaban deprisa, con las manos en los bolsillos de sus pesados abrigos y la mirada clavada en el suelo, intentando distinguir dónde ponían los pies. Las calles siempre estaban en silencio; lo único que se oía eran los tic-tac de los relojes que empujaban a la gente a caminar cada vez más aprisa. Corrían de casa al trabajo y del trabajo a casa sin darse siquiera cuenta de que había otros que corrían a su lado.

Pero, de pronto, una mañana sucedió algo mágico: una de las casitas del pueblo empezó a desprender una maravillosa luz. Por primera vez en la historia, todos los habitantes del  lugar se detuvieron y se acercaron con cuidado a aquella casa.

Al llegar allí, iluminados por aquél resplandor, por primera vez en sus vidas fueron conscientes de que no estaban solos y cada uno de ellos admiró maravillado a aquellas personas que se encontraban a su alrededor. Pronto surgieron las conversaciones y las risas hasta que uno de ellos preguntó: “¿De dónde creéis que viene esta luz?”. Todos los vecinos se encogieron de hombros sin saber qué decir; nunca habían visto nada parecido.

El más valiente del grupo se acercó con sigilo a la pared de la casa y se asomó por una de las ventanas. En el interior, sentados sobre la alfombra del salón, había una mujer, un hombre y una niña.

El resto de vecinos se fueron acercando poquito a poco y enseguida entendieron de dónde salía la mágica luz. Los papás de la niña estaban contándole un cuento y ella sonreía feliz. Y era precisamente eso, su sonrisa, lo que desprendía la luz que había devuelto la alegría a aquellas gentes.

Desde entonces, los habitantes del pequeño pueblo nunca más volvieron a pasar frío ni a estar a oscuras. La sonrisa de la niña les alumbraba y les daba calor mientras ellos recuperaban todos los años que habían perdido atrapados en aquella oscuridad. Poco a poco fueron surgiendo amistades e incluso algunos se enamoraron y  tuvieron hijos que, con sus sonrisas, contribuían a que el pueblo cada vez tuviera más y más luz.

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