martes, 31 de julio de 2012

El nuevo piso

Cuando Ainhoa llegó al descansillo se detuvo en seco. La puerta de la izquierda, la de la vivienda que había comprado hace apenas medio año, estaba entreabierta. En la cerradura había introducida una especie de aguja de tejer que debía haber funcionado a modo de ganzúa.
Empujó la puerta con decisión y se asomó dentro. No se oía nada. De todas formas sabía que ya no había nadie allí: acababa de cruzarse con ellos en las escaleras. Entró en su casa y cerró la puerta tras ella.
bombilla-rotaEl paragüero de madera estaba volcado y la maceta del ficus que tenía junto a la ventana estaba vacía, ya que la tierra que debía estar dentro ahora descansaba desperdigada por todo el recibidor. Pero Ainhoa no se detuvo a recoger nada. Avanzó deprisa, casi corriendo, por el pasillo. Durante el corto recorrido pisoteó papeles, vio cajones abiertos, lamentó lámparas rotas y empujó puertas de armarios que, avergonzados, mostraban con pudor su interior. Pero nada de ello la preocupó, estaba segura de que no faltaba nada, o bueno, de que al menos todas sus pertenencias continuaban allí.
Al llegar a la cocina dio una patada involuntaria a un tenedor, se agachó, apartó las cucharillas de postre que la estorbaban y se arrodilló en el suelo. Con mucho cuidado levantó un pequeño baldosín de color verde, suspiró aliviada y lo colocó delicadamente a su lado. Introdujo la mano en el hueco y sacó un sobre grisáceo.
Lo había descubierto pocos días después de adquirir el piso pero nunca se había atrevido a mirar qué había dentro. El pánico que acababa de sentir por haberlo podido perder para siempre le indicó que había llegado el momento. Despegó la solapa con cuidado, abrió mucho los ojos y se quedó maravillada ante lo que acababa de descubrir. 

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