lunes, 25 de junio de 2012

Delicious



Era lunes y el reloj aún no marcaba las ocho de la mañana. Cualquier otro día, a esas horas, todavía estaría en la cama remoloneando, intentando aferrarse a las fantasías nocturnas mientras le robaba minutos al despertador. Sin embargo, aquel lunes era diferente; tenía ganas de ir al instituto donde cursaba un módulo. Bueno… ¿para qué engañarnos? En realidad, tenía ganas de ir al kiosco de prensa que había junto a la puerta del centro educativo.
Aquella semana, en la revista Delicious aparecía un reportaje fotográfico de su musa; aquella joven actriz que hacía que perdiera la cabeza. Carla Millán había empezado haciendo pequeños papeles en series de televisión, en los que cada vez mostraba más centímetros de piel, y últimamente se había puesto de moda hasta tal punto que ya no había película nacional en la que no apareciese. Marcos coleccionaba todo lo que salía sobre ella en los medios de comunicación y tenía todas sus escenas guardadas en una carpeta de su escritorio. Sólo con pensar en algunas de ellas, la sangre de todo su cuerpo se reunía en un único punto.
Salió de casa antes de lo habitual, con las monedas ya preparadas en la mano. En cuanto llegó al kiosco localizó la portada sin esfuerzo. Allí estaba ella, cubierta únicamente con unas cintas de colores que se entrelazaban alrededor de su cuerpo. La expresión de su cara mostraba dulzura, inocencia y sus ojos oscuros parecían perforar directamente el alma de Marcos.
Se sentó en un banco de madera, unos pocos metros más allá, y retiró con prisa el plástico que envolvía la publicación. Consultó el índice y pasó las páginas violentamente hasta llegar a la número dieciséis. Sintió que le faltaba el aire, se ahogaba, aquello era demasiado. Aquella era, sin duda, la sesión de fotos más provocativa que había hecho hasta el momento. Marcos ya conocía previamente cada centímetro de su cuerpo, lo había visto varias veces en la pantalla gracias a la última película que había protagonizado, pero aquellas imágenes eran realmente espectaculares. Estaba preciosa, realmente perfecta. Parecía una diosa.
Marcos se dio cuenta de que llevaba varios minutos con la boca abierta cuando una gota de saliva le cayó sobre la mano. Sacudió la cabeza para volver en sí y pasó a la siguiente página. Allí, una pequeña entrevista acompañaba a otra tanda de fotografías de la actriz y abajo del todo, en enormes letras rosa chicle, una pregunta que paralizó el corazón del muchacho. Un calambre le recorrió la columna y sus ojos se abrieron hasta límites casi imposibles. “¿TE APETECE CENAR CON CARLA MILLÁN?” ¡Pues claro que le apetecía! ¡Menuda pregunta! Marcos se imaginó la escena: Carla y él, sentados en un reservado de un restaurante. Ella, hermosa, como siempre. Apenas habían empezado a comer cuando el pie de ella comenzó a acariciar su pierna, subiendo cada vez más. A los pocos minutos los dos, cogidos de la mano, abandonaban el local apresuradamente para subirse a taxi que les conduciría al hotel de la actriz…
El muchacho de pronto comenzó a sentir que la temperatura de su cuerpo empezaba a subir. Abandonó aquellos pensamientos, asumiendo que los retomaría más tarde, cuando se encontrase en la intimidad de su habitación, y continuó leyendo el artículo de la revista. Para participar en el concurso sólo había que seguir la página de la revista en Facebook (cosa que ya hacía desde mucho tiempo atrás) y rellenar un formulario que habían colgado para la ocasión. No se lo pensó ni un momento. Sacó su iPhone y entró en la red social. El formulario era sencillo (datos personales, email…) menos la última pregunta “¿Cómo conquistarías a Carla?”. Tras reflexionarlo durante un rato, finalmente escribió palabras cargadas de admiración, deseo y amor.
Los días siguientes estuvo nervioso, más enganchado de lo normal a su teléfono móvil. Tenía que ganar, aquella era su oportunidad de conocer personalmente a su diva, a la diosa que protagonizaba cada uno de sus sueños. Y ¿por qué no? De conquistarla. Admitía que era muy difícil, pero no imposible. Carla tenía un año menos que él y sabía de buena tinta que en ese momento no tenía novio. Además, él no estaba nada mal. ¡Era su oportunidad!
En ese momento sonó su teléfono. Era un número muy largo, como de una centralita. Contestó con las manos temblorosas y cuando escuchó su nombre completo apretó el puño que tenía libre. ¡Había ganado! ¡Iba a cenar con Carla! ¡Iba a conocerla! ¡Por fin! Marcos contuvo la euforia y trató de prestar atención a las indicaciones que le llegaban desde el otro lado de la línea. La fecha, la hora, el restaurante… Cuando colgó no pudo contenerse más y gritó. Gritó, saltó y besó uno de los posters que colgaban de la pared de su cuarto.
****
― Vale, mantén la calma ―se dijo Marcos a sí mismo―. Hoy es jueves y la cena es el sábado. Todavía tienes dos días para prepararte.
A decir verdad, no necesitaba mucha preparación. Conocía a Carla perfectamente. Se sabía de memoria su fecha de nacimiento, su color preferido, dónde le gustaba ir de vacaciones, cuáles eran sus aficiones… También sabía que era una chica dulce, cariñosa, tímida pero después muy lanzada cuando llegaba el momento. Conocía incluso a sus anteriores novios…
Se puso a revisar su armario. No quería desentonar por ir demasiado arreglado pero tampoco quería que Carla pensara que era un adán. Finalmente eligió un pantalón azul marino y una camisa azul cielo. El azul era el color preferido de Carla.
Pasó las dos noches siguientes imaginando cómo sería su encuentro. Cómo ella le tomaría de la mano dulcemente para entrar en el restaurante. Cómo comenzaría una entretenida charla en la que, poco a poco, irían colándose los piropos y las insinuaciones. Cómo… 
La tarde del sábado llegó por fin y Marcos estaba nervioso, nerviosísimo. Se miró en el espejo durante más de una hora, reprochándose a sí mismo estarse comportando “como una chica”. Pero aquella era su noche. Llevaba varios años deseando conocer a Carla y aquella noche, por fin, iba a tenerla sólo para él. Era increíble.
Llegó pronto al lugar acordado y, mirándose en el cristal de un escaparate, se alisó la camisa y se arregló un poco el pelo. Poco después, un hombre de unos treinta y pico años se acercó a él y le preguntó si era Marcos. Él asintió.
Era el manager de Carla, que empezó a darle instrucciones sobre cómo debía transcurrir la cena; cosa que no le gustó en absoluto. ¿Quién era aquél hombre para decirle cómo debía comportarse en su cita? Carla llegaría a las nueve y diez, diez minutos más tarde de lo acordado, y posarían los dos frente a la puerta del restaurante para los fotógrafos de ‘Delicious’. Después entrarían al salón y volverían a posar para el reportaje de la revista. Una vez que les sirviesen la comida volverían a tomar algunas fotografías y, cuando hubieran terminado, un reportero le entrevistaría para que contase cómo había sido la experiencia. ¡Fantástico! ¿Y cuándo podría estar a solas con Carla? Debía tratar de alargar al máximo la duración de la cena.
Cuando pasaban diez minutos de las nueve de la noche, un taxi se detuvo ante la puerta del restaurante. De él descendió la maravillosa Carla Millán, enfundada en un minivestido negro. Marcos no había tenido tiempo de asimilarlo, cuando se vio arrastrado hasta la puerta del local y deslumbrado por varios flashes. No entendía muy bien qué pasaba pero estaba feliz. Aunque no le había dado tiempo casi ni a mirarla, estaba posando junto a Carla Millán, como su pareja de aquella noche, y eso era más de lo que podía haber imaginado nunca.
De pronto, la chica le agarró de la muñeca y, sin mediar palabra, le arrastró al interior del restaurante. Era un local realmente elegante. Tenían una mesa preparada en una esquina, para evitar a los cotillas y a aquellos que anhelaban su minuto de fama. Se sentaron uno frente al otro y por fin pudo mirar a Carla a la cara. Se dio cuenta de que vestía su mejor sonrisa, esa que a Marcos tanto le gustaba. Le estaba sonriendo, o eso pensaba hasta que una voz desde detrás de él dijo: ― Gracias, señorita Millán. Es suficiente por ahora.
En ese momento Carla borró la sonrisa y se quedó mirándole con una expresión que Marcos no supo descifrar.
― Hola, soy Marcos ―dijo el chico, intentando romper la tensión del momento―. ¡Menudo lío! Ni siquiera habíamos tenido tiempo de presentarnos ―el chico se levantó y se acercó a Carla para darle dos besos. Ella, ni siquiera hizo ademán de levantarse.
Marcos regresó a su silla y aprovechó para observar a Carla con detenimiento. Primero su cara, no quería ser maleducado ni que ella pensara que sólo le interesaba por una cosa. Llevaba el cabello recogido en un moño, que dejaba varios mechones sueltos a ambos lados de su cara. Su piel era morena… bueno… las veinte capas de maquillaje que llevaba eran de un tono moreno. Marcos se preguntó con qué tipo de rodillo se habría aplicado aquel potingue. Su sonrisa seguía totalmente desaparecida desde que el fotógrafo se había retirado. Sus ojos sí eran los mismos, aunque creía recordarlos un poco más grandes y brillantes. Disimuladamente, bajó un poco los ojos… ¡Aquello sí que lo recordaba mucho más grande!
El muchacho recorrió el salón con la mirada. Carla era guapa, sí, claro que lo era, pero no más que cualquier otra chica de las que estaban allí sentadas o de las que se había cruzado por la calle mientras acudía a su cita. La única diferencia era que ellas no salían en la tele.
Marcos carraspeó mientras trataba de buscar un tema de conversación para matar aquel silencio que empezaba a ahogarle.
― Te sigo desde que empezaste en aquella serie de médicos pero, sin duda, mi papel preferido es el que haces en la película de Menéndez.
― Gracias ―respondió Carla sin mucho interés.
― ¿Y qué tal va el rodaje de la nueva peli?
Carla suspiró, sin siquiera tratar de disimular su aburrimiento.
― Un rodaje más. Como cualquier otro ―respondió, mientras observaba detenidamente sus uñas pintadas con un esmalte rojo que hacía juego con sus labios.
En ese momento, un camarero se acercó a ellos con dos platos y una botella de vino. Instantáneamente, dos fotógrafos aparecieron de no se sabe muy bien donde. La sonrisa de Carla también volvió a brotar sin demora.
Cuando los fotógrafos se hubieron retirado, Carla empezó a comer y Marcos intentó volver a sacar un tema de conversación pero no se lo ocurrió nada.
― Voy un momento al servicio. Perdona.
Carla levantó un momento la cabeza para observarle y después siguió comiendo.
Marcos se miró al espejo. Estaba nervioso y desconcertado. También un poco triste. Aquello no estaba resultando como había planeado. La chica de sus sueños no se parecía en casi nada a aquella que estaba esperándole en la mesa. Suspiró. Tenía que sacar aquello adelante. Era su noche y pensaba aprovecharla. Sabía que Carla era tímida en un primer momento y, por ello, debía ayudarla a coger confianza. Regresó al comedor con energías renovadas. Mientras se acercaba, vio a Carla por detrás, sentada en la silla, y a su manager acuclillado junto a ella. Se acercó despacio, para no llamar la atención y, al escuchar lo que estaban diciendo, el corazón se le partió en mil pedazos.
― Estoy harta. ¡Quiero irme de aquí!
―Carla, aguanta media hora más. Después el chico contará que todo ha sido maravilloso. Te va a venir muy bien.
― Pero es que no entiendo por qué tengo que hacer estas cosas. No me gusta. Prefería estar en cualquier otro sitio.
Marcos no pudo seguir escuchando. Giró por entre las mesas y salió del local. Una vez fuera echó a correr, alejándose deprisa de allí, sin volver el rostro ni una sola vez.
****
El lunes llegó demasiado rápido, sin apenas dejarle tiempo para asimilar lo que había sucedido. Había perdido a su diosa de la manera que más daño podía causarle: mediante una enorme decepción.
Marcos estaba apoyado en la pared del instituto, esperando a que llegase la hora de entrar. Había comprado el nuevo número de ‘Delicious’ y estaba ojeando el reportaje de su fatídica cita, asombrado y molesto. Las fotos eran fantásticas. Aquella sí era la Carla que estaba acostumbrado a ver. Deslumbrante, perfecta y sonriente. Incluso él estaba más guapo de lo normal. Pero lo peor fue cuando llegó a la página en la que estaba su entrevista, una entrevista que jamás había realizado y en la que decía que lo había pasado genial, que Carla era una mujer maravillosa y que estaba muy agradecido a la revista por la oportunidad que le habían dado. Otra mentira más creada por los medios. De pronto una voz le sacó de su ensimismamiento.
 ― ¡Buenos días, Marcopolo!

Marcos no necesitó levantar la cabeza para saber quién le saludaba de aquella manera; lo hacía cada día. Cerró la revista de golpe y la escondió detrás de la espalda.
― Buenos días, Beapís ―respondió él, sonriendo.
Aunque no la vio, supo que ella también sonreía. Beatriz era su compañera de clase, de pupitre y de biblioteca. Siempre se sentaban juntos en clase y en época de exámenes compartían horas de estudio.
― ¿Qué tal tu fin de semana? ―preguntó la chica con voz burlona.
Marcos iba a levantar el rostro para contestarla pero súbitamente detuvo su mirada en los pies de ella, cubiertos por unas zapatillas blancas. Sus ojos comenzaron a ascender por sus piernas, desnudas gracias a unos cortos pantalones vaqueros; tenía una pequeña cicatriz en la rodilla izquierda. Alcanzó su cadera, que era ancha, y subió por su torso, desde donde le observaban los ojos de Bob Esponja estampados en una camiseta amarilla. Sonrió pícaramente a esos, en aquella ocasión, poco prominentes globos oculares. Enseguida llegó a su rostro y a su expresión escéptica. Pero no le hizo caso. Se fijó en su piel, igualmente pálida y salpicada por algunos rebeldes granitos, pero totalmente limpia de maquillaje. Sus labios, bastante gruesos y rosados. Sus ojos no eran excesivamente grandes ni llamativos, pero aún así eran perfectamente capaces de expresar todo lo que recorría su mente y su alma. Y su pelo rizado, recogido a los lados con algunas horquillas y con el flequillo recto cubriéndole la frente.
Definitivamente no era perfecta. Pero ¿qué es ser perfecto? ¿No es, sino, sentirse a gusto consigo mismo? ¿Ignorar lo que pueden pensar los demás? ¿Sentirse libre? ¿Ser natural?
― ¿Por qué me miras así? ―preguntó Beatriz desconcertada.
Marcos sonrió y sacudió la cabeza.
― Porque eres preciosa y nunca te lo había dicho.
La chica elevó las cejas y sonrió.
― ¡No digas tonterías, Marcopolo!
― No son tonterías. En serio, lo eres ―respondió él, totalmente seguro de aquella afirmación.
― Vale ―le cogió suavemente de la mano y tiró de él―. ¡Anda, vamos a clase!

fin

2 comentarios:

  1. Me ha encantado la historia. Fresca, divertida y con un cambio diferente a otras.

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    1. ¡Muchas gracias! :) Me alegra que te haya gustado.

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