lunes, 30 de abril de 2012

¡Desaparece! [CAPÍTULO 2]


¡Desaparece!
Capítulo 2
– ¡La odio! ¡La odio! ¡La odio! ¡La odio! –Álex gritaba mientras, con las manos, destrozaba violentamente una hoja que había arrancado de una planta del parque.
La mañana del sábado se había levantado con un tiempo agradable y sin lluvia, así que había aprovechado para salir a dar un paseo y descargar tensiones. En ese momento se encontraba parada, con un pie apoyado sobre el banco en el que estaba sentada Raquel, su mejor amiga. Esta se limitaba a observarla atentamente con sus ojos oscuros, mientras el suave viento que corría aquella mañana le alborotaba un poco la melena morena y rizada. Conocía a Álex desde el colegio y aunque habían elegido carreras distintas, y por tanto ahora estudiaban en facultades diferentes, esto no había supuesto ninguna traba para su amistad.
– ¡Lo sé! –intervino por fin Raquel–. Es más, creo que lo sabe todo el mundo. Pero, ¿qué se supone que ha hecho esta vez?
– ¿Que qué ha hecho? –Álex tiró al suelo con rabia todos los trocitos de hoja y comenzó a andar de un lado para otro, pasando por delante de Raquel, que la seguía con la mirada como si se encontrara en la grada de un partido de tenis–. ¡Pues lo de siempre!
– Vale, Álex. ¡Gracias por ser tan explícita! –respondió Raquel con tono irónico mientras sacudía la cabeza.
– ¡Es que te juro que cada vez que la veo, u oigo hablar de ella, siento unas ganas irreprimibles de matarla! –Álex se movía cada vez más deprisa y la rabia se podía percibir perfectamente en su voz.
Raquel se levantó, puso las manos sobre los hombros de Álex y la empujó, obligándola a sentarse en el banco.
– ¡Me estás poniendo muy nerviosa! –le dijo, elevando la voz–. Despotricar sobre ella no te va a servir de nada. ¿Vas a contarme qué ha pasado o no?
Álex estaba muy enfadada, se le notaba en la cara, y trató de evitar la mirada de su amiga mientras intentaba tranquilizarse. La tarea resultaba demasiado complicada, el odio la quemaba por dentro llegando a producirle nauseas. Respiró hondo unas cuantas veces y, cuando creyó estar lo suficientemente tranquila, comenzó a hablar con la vista perdida en un punto indeterminado del horizonte.
– Ayer cuando íbamos en el coche sonó el móvil de Rafa y era Sofía –pronunció el nombre como si, al hacerlo, un sabor nauseabundo hubiese inundado su boca–. Le llamó para decirle que tenían que quedar urgentemente esta tarde porque quería devolverle unos discos que tenía en su casa. ¿Después de dos años? –en ese momento Álex volvió a ponerse de pie y comenzó a hablar más deprisa, más alto y con más irritación–. ¡Cuando no es una cosa es otra, pero siempre encuentra alguna excusa para recordarnos que estuvo saliendo con él! ¿Cuándo va a hacer su vida de una vez y va a dejar de meterse en la mía? –el silencio fue lo único que se escuchó durante un momento.
Desde que Álex había empezado a salir con Rafa, Sofía, su ex-novia, no había dejado de entrometerse en la relación. Rafa la consideraba una amiga más y por esta razón Álex y él discutían a menudo. Ella no entendía que siguieran viéndose, hablando por teléfono o escribiéndose mensajitos cada dos por tres; y él no comprendía que ella se pusiera tan frenética cada vez que Sofía aparecía en una conversación: era su amiga, nada más.
– Bueno Álex, ya sabes cómo son las cosas... ¡Tienes que intentar pasar de ella! –Raquel sabía perfectamente la impotencia que sentía su amiga pero también era consciente de que la única solución era que aprendiera a no prestar atención a los ataques de Sofía–. Tal vez si ve que no te importa dejará de hacerlo.
Cuando Álex volvió a hablar, su tono era completamente diferente. La rabia y el desprecio habían dejado paso a la tristeza y la duda.
– A veces pienso que lo mejor sería dejarlo. No sé cuánto tiempo más lo voy a poder soportar.
La última frase causó en Raquel el mismo efecto que si alguien le hubiera clavado de pronto una aguja en el trasero. Se levantó del banco dando un bote, se situó frente a su amiga y la miró muy seria.
– ¡No vuelvas a pensar eso, Alexandra! –le dijo, casi riñéndola–. Sabes de sobra que Rafa te quiere a ti y no hay razón para tirar por la borda lo que tenéis.
– No lo dudo –respondió Álex, ahora un poco más tranquila. Sabía que su amiga hablaba muy en serio, sólo en esos casos y cuando estaba enfadada con ella la llamaba por su nombre de pila–. ¡Pero no puedo soportar tener a alguien ahí molestando cada dos por tres! Me bloquea.
– Eso es precisamente lo que quiere conseguir y no pienso permitirte que le des esa satisfacción –terció Raquel firmemente–. Prométeme que no va a poder contigo. Tú eres muchísimo más fuerte.
– ¿Y si no puedo? –preguntó Álex en voz baja–. ¡Yo lo único que quiero es ser feliz con él!
La actitud de la chica había cambiado en los últimos minutos. Ya no gritaba ni desprendía rabia. Ahora simplemente estaba quieta, con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y jugueteando a dar patadas a una piedra, mientras luchaba por recuperar todos los recuerdos felices que conservaba del último año; eso le devolvería toda la fuerza que en aquel momento creía haber perdido.
– Claro que puedes –respondió Raquel, acariciándole un brazo–. Te conozco desde que eras un mico y ya entonces eras la persona más cabezota que había visto en mi vida. Sé que cuando quieres algo luchas hasta el final por conseguirlo.
Álex no respondió, pero levantó la cabeza sonriendo débilmente para, acto seguido, asentir. Su amiga la estrechó en un fuerte abrazo. Al separarse, Raquel sujetó a Álex del codo y acercó el dedo índice a su pómulo izquierdo.
– ¡Ay! ¿Qué haces? –preguntó Álex riendo y tratando de zafarse de la mano de su amiga.
– ¡Estate quieta un momento, mujer! –pidió Raquel también riendo. Finalmente pudo acercar un poco más el dedo a la cara de Álex para rescatar una pestaña que se le había caído–. Venga, pide un deseo –le dijo, poniéndole el dedo delante de la cara.
Al mirarla, Álex se puso un poco bizca y rompió a reír a carcajadas.
– ¿Quieres que le pida un deseo a una pestaña muerta? –preguntó aún riendo.
– Sí –respondió Raquel con total naturalidad–. Primero pides el deseo y después tienes que soplar a la pestaña. Si desaparece es que se te va a cumplir; si se queda en el dedo no tienes nada que hacer.
Álex dibujó un gesto de incredulidad, pero aun así decidió seguirle el juego a su amiga. No iba a perder nada por ello y hacer un poco el tonto le vendría bien para olvidarse de lo ocurrido. Además, seguro que después, cuando lo recordaran, se partirían de risa.
– Está bien –aceptó finalmente. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior, trazando una mueca de concentración.
Cada persona guarda en su interior cientos de deseos, quizá miles, millones… Pero siempre hay uno que encabeza la lista, siempre hay algo que queremos conseguir sin importar nada más; algo que, si lo tuviésemos, solucionaría todos y cada uno de nuestros problemas. Sin embargo, cuando formules ese deseo no olvides nunca tener mucho cuidado y prestar mucha atención. A veces, aquello que creemos que conseguirá hacernos las personas más felices del mundo, puede llegar a cambiar nuestra vida para siempre. O tal vez no.
Álex rebuscó en su interior, aunque no tardó mucho en elegir; sabía perfectamente qué era lo que más deseaba en el mundo. Cogió aire, abrió los ojos y sopló con fuerza a la pestaña.



1 comentario:

  1. Tiene una pinta genial :D

    Creo que me va a encantar el personaje de Álex ^^

    Un besotee

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