jueves, 8 de marzo de 2012

El último deseo


El último deseo 

Como cada tarde, Laura estaba en su habitación estudiando. Tenía la radio puesta y tamborileaba con los dedos en la mesa al ritmo de la música. De repente algo hizo que se sobresaltara. Un ruido seco que provenía del salón. Bajó el volumen de la radio y escuchó atentamente. Ya no se oía nada. Se levantó de la silla y recorrió el pasillo lentamente, empuñando unas tijeras que tenía en su escritorio para recortar papel. Llegó a la puerta del salón y asomó la cabeza. Enseguida se percató de qué había producido aquel ruido. Un libro se había caído de una estantería y ahora reposaba sobre el suelo del salón. Laura se acercó y lo recogió. Era un libro sobre jazz de la colección que tenía su padre de libros sobre música. Volvió a colocarlo en su sitio y, sin darle mayor importancia, regresó a su habitación.
Al día siguiente Laura volvía a estar en su habitación escuchando la radio mientras hacía un trabajo para la clase de geografía. Tarareaba una canción que le gustaba especialmente cuando de pronto la radio cambió de emisora y comenzó a sonar música funky. “¡Ya se ha estropeado!” dijo Laura para sí misma, fastidiada por haberse perdido el final de una de sus canciones preferidas. Cogió la radio y volvió a sintonizar la emisora que estaba escuchando.
Durante los siguientes días, varios sucesos similares hicieron que Laura comenzara a preocuparse. Había algo raro alrededor de ella que no lograba comprender. Además, sólo sucedía cuando estaba sola.
Pero unas semanas más tarde ocurrió algo que hizo que Laura pasara de la preocupación al miedo. Volvía del instituto y, al llegar a la puerta de su casa, notó algo extraño. No sabía lo que era, pero aún así abrió la puerta despacio, con mucho cuidado y sintiendo una fuerte tensión en el cuerpo. Estaba preparada para salir corriendo ante la menor evidencia de peligro. Sin embargo, lo que vio al abrir la puerta la dejó petrificada e incapaz de mover un solo músculo. Una especie de nube de vapor negro giraba en la entrada de su casa. Sin saber porqué, Laura finalmente decidió entrar y cerrar la puerta tras de sí. La nube seguía girando, aunque poco a poco fue reduciendo su velocidad, hasta que al final desapareció.
Laura inspeccionó toda la estancia, intentando encontrar alguna explicación a lo que acababa de presenciar. Tenía que haber alguna rendija en el suelo o en el techo que hubiera dejado entrar el vapor. Tal vez al abrir la puerta se produjo una corriente de aire que levantó polvo. Laura barajó un montón de posibles respuestas y consiguió convencerse de que lo que había visto no era nada raro.
Por supuesto, la cosa no quedó ahí ni mucho menos. Laura volvió a ver esa nube de vapor cada día al volver del instituto y abrir la puerta de casa. Llegó un momento en el que se había acostumbrado tanto a ello, que ya lo veía como algo normal y nunca lo comentó con nadie.
Cada tarde al llegar, abría la puerta y entraba. “¡Hola humo!”, decía con la mayor naturalidad del mundo, y se dirigía a su habitación para ponerse a hacer los deberes.
Sin embargo un día sucedió algo especial. Laura saludó a la nube de humo, pero esta no desapareció, sino que comenzó a cambiar de forma. Frente a los ojos de Laura fue apareciendo poco a poco un chico más o menos de su edad. Tenía el pelo con una melena muy corta. Vestía unos vaqueros anchos y un poco desgarrados y una camiseta también ancha. En su oreja izquierda llevaba un pendiente en forma de pequeño aro. Era de color blanco, casi transparente, y Laura era incapaz de cerrar la boca.
El chico sonrió divertido y se atrevió a hablar: “No me llamo humo”.
Laura al oír esa voz, masculina pero con cierto toque aniñado, cerró la boca de golpe y dio varios pasos hacia atrás.
– No tengas miedo, por favor. No quiero hacerte ningún daño. Me llamo Edu –el chico hablaba sereno, tratando de tranquilizarla y consciente de que si Laura se asustaba, se estropearía todo.
– E-e-e-eres u-u-un… –consiguió balbucear Laura.
– ¿Un fantasma? Creo que sí –le interrumpió Edu.
Laura se frotó los ojos y después se pellizcó en un brazo. No podía ser real lo que estaba viendo. Como no lograba despertarse del sueño en el que creía que se encontraba, Laura comenzó a alargar lentamente uno de sus brazos hacia Edu. Él no se movió, solo sonreía. Laura acercó su mano hasta él y le tocó un hombro. Tenía un tacto muy suave, muy delicado, como si pudiera traspasarlo, pero no podía. Le extrañó y se lo dijo. Edu comenzó a reírse a carcajadas.
– Sí, los cuentos infantiles han hecho mucho daño a la reputación de los fantasmas –bromeó él.
Laura consiguió relajarse, aunque aún no se fiaba del todo y pidió a Edu que le explicara qué estaba pasando.
“Cuando tenía 17 años, tuve un accidente del que no logré salir. Prefiero no contarte cómo sucedió porque no quiero entristecerte. El caso es que justo unos días antes acababa de conseguir algo que creía que sería el primer paso para poder cumplir mi sueño. Había conseguido una plaza para formarme en una escuela de baile muy importante, quizá la más importante del país. Estaba entusiasmado. Desde pequeño había soñado con estudiar allí y me había esforzado mucho para superar las pruebas de acceso, pero sólo tuve tiempo de ir a un par de clases.”
Laura suspiró y le dijo que lo sentía mucho. Edu le respondió con una sonrisa un poco triste y siguió contándole la historia.
“Por lo visto, si has sido buena persona y te has esforzado durante tu vida, después te dan una última oportunidad para cumplir ese sueño que tienes pendiente. Y a mí me lo han permitido. La única condición que nos ponen es que debemos buscar a alguien que nos ayude a cumplirlo, pero sólo tenemos una oportunidad para elegir a esa persona. Si nos equivocamos, se acabó el viaje.”
– Y tú… ¿me has elegido a mí? –preguntó Laura un poco extrañada.
– Te estuve observando durante un tiempo y me di cuenta de que, igual que yo, amabas la música. Luego tuve que comprobar si te asustarías al verme. Y al final decidí dar el paso aunque aún tenía un poco de miedo por cómo reaccionarías –le respondió él–. Siento los pequeños sustos de estos días –añadió avergonzado.
Laura reflexionó un momento y finalmente se decidió a preguntar todo lo que no entendía.
– Entonces ¿sólo puedo verte yo?
– Así es.
– Y, ¿crees que podré ayudarte a cumplir tu sueño?
– Eso espero –respondió Edu sonriendo.
Laura le miró mejor. La verdad es que era bastante guapo y tenía una sonrisa preciosa. Edu se dio cuenta de que ella le estaba observando y se sintió avergonzado de nuevo.
– Vale, te ayudaré –dijo Laura de repente.
– Pero, si aún no te he contado mi sueño –respondió Edu entre risas, consiguiendo que, esta vez, fuera la chica quien se ruborizase.
– Mi sueño es bailar delante de mucha gente y que al terminar todos me aplaudan.
– Eso es complicado, teniendo en cuenta que nadie más puede verte. Pero no te preocupes, ya se me ocurrirá algo –dijo Laura convencida, con la positividad que la caracterizaba.
Durante los días siguientes, los dos pasaron las tardes juntos hablando de música, haciendo los deberes de Laura, pensando cómo cumplir el sueño de Edu y, sobre todo, haciéndose amigos.
Un día, navegando por Internet, Laura encontró la solución a su dilema. En un teatro cercano a su casa iba a celebrarse un concurso de baile moderno. Rápidamente descargó las bases del concurso y las leyó. Debían apuntarse en grupos de seis personas y preparar una coreografía utilizando una canción que estuviera actualmente en la lista de más vendidos. Sin pensárselo dos veces, Laura llamó a sus amigos y les propuso que formaran un grupo para apuntarse. El premio era un viaje a Londres y unas entradas para ver un musical, así que no le costó mucho encontrar a cinco voluntarios. Por supuesto no les contó la verdadera razón de su interés por el concurso, pero aún así tenía muy claro lo que haría.
A partir de entonces, y durante el mes que quedaba hasta la celebración del concurso, Laura ensayaba pasos de baile con Edu, para luego enseñárselos a sus amigos. Enseguida tuvieron la coreografía montada y todos se esforzaron mucho para que quedara perfecta. Edu siempre ensayaba con ellos, aunque sólo Laura lo supiera, y ocupaba el lugar central y más adelantado del escenario. Sin que nadie fuera consciente de ello, él era el protagonista.
Por fin llegó el esperadísimo día. Laura y sus amigos estaban muy nerviosos. Pero sin duda, era Edu quien estaba más excitado. Por fin podría cumplir su sueño. Laura se apartó detrás de una cortina, donde nadie pudiera verla y se llevó a Edu con ella.
– Por fin vas a conseguirlo –anunció ella muy feliz.
– Sí. Y todo gracias a ti.
– Sabes que eso no es cierto –respondió Laura–. ¿Y ahora qué pasará?
– Supongo que tendré que irme –dijo Edu con cierta tristeza.
– Te echaré de menos –dijo la chica mientras una lagrimita rodaba por su mejilla. Edu se la secó con su tacto de algodón y los dos se fundieron en un extraño abrazo.
– Yo también a ti –dijo él finalmente.
El presentador del concurso llamó al grupo de Laura para que salieran al escenario. Cada uno ocupó rápidamente su sitio. Edu en el centro del grupo, observaba feliz a toda aquella gente que ocupaba los asientos frente al escenario.
La música comenzó a sonar y los siete, perfectamente coordinados, comenzaron a moverse al ritmo de las notas. El baile salió perfecto y el público comenzó a aplaudir entusiasmado en cuanto acabó la música.
Edu estaba pletórico. Lo había conseguido. Aunque no le hubieran visto, sabía que esos aplausos también eran para él. De repente notó una sensación extraña, pero a la vez agradable. Una especie de cosquilleo. Sabía que había llegado el momento. Se giró y miró a Laura, que le miraba sonriente mientras aplaudía y las lágrimas comenzaban a resbalar una detrás de otra por su cara. Él le dio las gracias en silencio y le tiró un beso, a la vez que iba deshaciéndose poco a poco hasta finalmente desaparecer.  


2 comentarios:

  1. Bestial, me recomendo una amiga que te leyera y me ha encantado, no se que mas decir, solo. MARAVILLOSO.

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  2. Como siempre, brillante en tus relatos. Me ha encantado una vez más. Gracias por hacernos pasar estis buenos ratos.

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