lunes, 12 de diciembre de 2011

El visitante perdido


El visitante perdido
Hace algún tiempo, en una pequeña ciudad, vivía un niño al que todo el mundo llamaba Nito. Era pelirrojo, con la piel pálida y la cara invadida por traviesas pecas. Su mejor amigo era un perro pequeño y peludo llamado Trece. Una tarde, como todas las demás tardes, Nito y Trece estaban paseando por el parque. Era otoño y el suelo estaba todo cubierto por una crujiente alfombra de hojas doradas. A Trece le divertía mucho corretear y esconderse entre las hojas, y Nito reía mientras escarbaba en busca de su amigo. Tras un buen rato jugando, Nito se asustó porque era incapaz de encontrar a Trece. Recorrió el parque, llamándole a gritos, hasta que lo localizó sentado de espaldas a él detrás de un árbol con el tronco muy grueso. Nito, extrañado, se acercó lentamente hacia el perro.
– ¿Qué haces, Trece? –preguntó el niño mientras observaba atónito cómo el montón de hojas que tenían delante empezaba a moverse y a alejarse de ellos muy lentamente–. ¿Qué es eso? –volvió a preguntar mientras echaba a correr para cortarle el paso. El montón de hojas chocó contra sus pies y retrocedió un poco–. ¡Trece ponte ahí! –pidió Nito, señalando el otro lado del montón. El perrito obedeció dócilmente y entre los dos rodearon las hojas.
Nito se puso de rodillas en el suelo y se acercó muy despacio a las hojas. Fue cogiendo pequeños puñaditos y dejándolos a su lado, tratando de descubrir qué era lo que se ocultaba allí debajo. Enseguida, una pequeña antena de color verde manzana apareció entre las hojas.  El niño retrocedió un poco, asustado, pensando que había encontrado un bicho horrible. Trece, sin embargo, ladró y empezó a menear el rabito mientras escarbaba en el montón de hojas. Poco a poco fue dejando a la vista a una pequeña criatura, toda ella de color verde manzana. Estaba hecha un ovillo y parecía muy asustada.
– No tengas miedo, no vamos a hacerte nada –dijo Nito, mientras gateaba para volver a acercarse.
La criatura se incorporó despacio y Nito pudo ver que era tan pequeña que apenas le llegaba por las rodillas. Tenía unos enormes ojos naranjas y dos antenas adornaban su pequeña cabecita. El niño acercó con cuidado un dedo y le dio un suave golpecito en la barriga, lo que provocó que la pequeña criatura empezara a reírse y Trece comenzara a dar saltitos alrededor de ellos. Cuando se hubo recuperado del efecto de las cosquillas, la criatura se sentó en el suelo y agachó la cabeza.
– ¿Entiendes mi idioma? –preguntó Nito, pronunciando lentamente cada sílaba para hacerse entender mejor.
El bichito no se movió y el niño se entristeció al pensar que no le entendía. Sin embargo, un momento después la criatura verde movió ligeramente la cabeza hacia delante.
– ¡Bien! –exclamó Nito muy contento–. ¿Y puedes hablar?
El bicho volvió a asentir con la cabeza.
– Yo me llamo Nito –explicó el niño con una gran sonrisa dibujada en la cara–. Y ese de ahí es Trece –añadió, señalando al perrito que ahora estaba sentado junto a ellos.
– Yo me llamo Roy –respondió el bichito con una voz aguda y algo metalizada.
– ¿Roy? ¡Qué nombre tan bonito! –contestó Nito–. Y ¿de dónde eres?
En ese momento Roy empezó a llorar y unas pequeñas lágrimas de colores rodaron por su cara, haciendo que debajo de él fuera formándose un charquito multicolor. Nito no sabía qué hacer para calmarlo, pero Trece se acercó y le lamió la mano. Roy estrechó al perrito entre sus brazos y empezó a hablar.
– ¿Veis aquella diminuta luz rosa que brilla en el cielo justo encima de nosotros? –preguntó Roy. Nito y Trece levantaron la cabeza y miraron hacia donde les indicaba–. Ese es mi planeta. Ayer estaba jugando al escondite con mi papá hasta que de repente me caí y aparecí aquí.
– ¡Oh! ¡Pobrecito! –exclamó Nito a punto de ponerse también a llorar–. Tenemos que encontrar la forma de que vuelvas con tus padres.
Roy, al oír esto, esbozó una divertida sonrisa y se secó las lágrimas que aún seguían cayendo por su cara. Enseguida, los tres se pusieron a pensar en cómo devolver a Roy a su planeta.
La primera idea se le ocurrió a Nito y en cuanto se la contó a sus dos amigos, los tres se pusieron en marcha.
El niño cogió al extraterrestre y lo colocó sobre el lomo del perrito. Después los cogió a los dos y los puso encima de su propia cabeza. Se puso de puntillas todo lo que pudo, pero resultó inútil. No conseguían ser lo suficientemente altos como para llegar hasta el planeta de Roy.
Mientras seguían pensando, una paloma regordeta se posó junto a ellos y empezó a picotear unas migajas de pan que había en el suelo. Trece se acercó despacio a ella y soltó un suave ladrido. La paloma levantó la cabeza para mirarle y entonces el perrito siguió ladrando.  Un momento después, los dos caminaron hasta donde estaban Roy y Nito. La paloma agarró al extraterrestre con sus patas y se dispuso a despegar. Por más que lo intentó, no lo consiguió. Aunque era muy pequeño, Roy pesaba demasiado y la paloma no tenía fuerzas suficientes para cargar con él.  Trece le dio las gracias y el pájaro se fue de allí.
Sin perder ni un minuto, los tres amigos pusieron en práctica un nuevo plan que se le había ocurrido a Nito. Recogieron todos los trozos de ramas que encontraron por el parque y con ellos construyeron una escalera. Cuando hubieron terminado, Nito y Trece la sujetaron desde abajo y Roy empezó a trepar muy contento. Sin embargo, la alegría desapareció cuando se dieron cuenta de que la escalera no era lo suficientemente larga para alcanzar la luz rosa.
Por allí cerca había un hombre vendiendo bonitos globos de helio con diferentes formas. Muy contento, Nito se acercó hasta él para pedirle unos cuantos. Cuando regresó junto a sus amigos, sujetaba en la mano tres globos redondos de color amarillo. Bastante desanimado, les explicó que el dinero que llevaba en los bolsillos no le había dado para comprar más. Le entregó los globos a Roy quien, al cogerlos, se elevó un poco y consiguió flotar a escasos centímetros del suelo. Pero, de nuevo, pesaba demasiado para la fuerza de los globos y ya no consiguió subir más.
Cuando estaban empezando a perder las esperanzas, Trece salió corriendo y un rato después regresó arrastrando una gran sábana blanca. Enseguida Nito entendió lo que se le había ocurrido a su perro. Sujetó la sábana por el otro extremo y ayudó a Roy a que se subiese encima. Como si de una cama elástica se tratase, Nito y Trece ayudaron a Roy a saltar sobre la sábana. Cada vez subía un poco más, pero tras un rato de esforzarse al máximo, los tres cayeron rendidos y se dieron cuenta de que no tenían la fuerza necesaria para llegar hasta el planeta de Roy.
Agotados y muy tristes, los tres se sentaron en el suelo y se apoyaron en el tronco de un árbol. Nito pensó que tal vez Roy pudiera quedarse en su casa con Trece y con él, pero enseguida se dio cuenta de que si él estuviera en su lugar, lo único que querría sería volver con sus padres. Por más que pensó y pensó, no se le ocurría ninguna idea más. Además empezaba a hacerse tarde y él también tenía que regresar a su casa.
Justo cuando estaba levantándose, una luz azulada y muy brillante les iluminó. Roy se levantó de un salto y empezó a aplaudir muy contento. De pronto, una nave redonda y de color rojo aterrizó delante de ellos. En uno de sus laterales había una puertecita que se abrió y de ella salieron dos criaturas iguales que Roy pero un poco más grandes.
– ¡Mamá! ¡Papá! –gritó el extraterrestre mientras corría hacia ellos. Los tres se abrazaron, felices de haberse encontrado por fin. Dieron las gracias a Nito y a Trece por haber cuidado tan bien de Roy y se subieron a la nave para regresar juntos a casa.

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