lunes, 17 de julio de 2017

VERANO CONJUNTO CON FRANSY

¡Hola!

No os olvidéis de que mañana comienza la lectura conjunta de Music Lovers, organizada por Fransy. Yo también comentaré con vosotros, utilizando siempre el hashtag #MusicLoversVC. ¡Animaos! :) 


lunes, 10 de julio de 2017

SORTEO + LECTURA CONJUNTA

¡Hola!

Hoy vengo a contaros que en el blog de Las lecturas de Fransy podéis apuntaros a la lectura conjunta de Music Lovers, que tendrá lugar entre los días 18 y 24 de julio. Tenéis aquí toda la información.


Además, si tenéis pensado apuntaros a esta actividad, en el Twitter de Fransy podéis conseguir un ejemplar en digital del libro y algunos detallitos de la novela. Os dejo el enlace al tuit mediante el que podeis participar en el sorteo.



¡Os leo en la lectura conjunta!

viernes, 23 de junio de 2017

CONFESIÓN DE AMOR

«Es increíble cuánto pueden cambiar las cosas en un solo segundo». Aquella reflexión invadía su mente mientras observaba la fotografía que sujetaba entre sus dedos. Allí estaban los tres, juntos, como siempre. En aquella ocasión aparecían de espaldas, sentados al borde de un acantilado, con el mar azul al fondo; ella en medio de los dos y con los brazos enlazados sobre sus hombros. Hacía tantísimo tiempo que se conocían que no podía creerse que el lazo que envolvía su amistad estuviera en esos momentos a punto de deshacerse para siempre…
Desde que había recibido su mensaje aquella mañana, no había podido dejar de darle vueltas al asunto. Los recuerdos de los momentos que habían compartido bombardeaban su mente, sin concederle ni un solo instante de asueto; tantos años de amistad habían propiciado multitud de anécdotas que en ese momento no podía dejar de rememorar. Desde niños, siempre habían estado juntos. Siempre habían sido los tres: María, Jorge y David.
Por supuesto, su amistad había dado lugar a un gran abanico de comentarios por parte de los que observaban desde fuera y no eran capaces de comprender que una chica y dos chicos pudieran mantener una relación de amistad limpia y pura. Desde muy pronto se encontraron rodeados de cuchicheos que alertaban sobre su rareza y un posible trastorno de personalidad: ¿qué hacían dos niños todo el día jugando con una niña? Aquello no era normal… Más tarde se vieron obligados a soportar que se dirigieran a ellos con motes bastante desagradables. Y después, durante la adolescencia, los chicos trataban de sonsacar a Jorge y David intimidades de su mejor amiga, mientras las compañeras de María se acercaban a ella para rogarle que les confesara con cuál de los dos estaba saliendo. Ante su contundente negativa, decidieron asumir que lo que se traían entre manos era algo demasiado obsceno para ser confesado.
Además, María había tenido que escuchar una y otra vez cómo aquellas chicas le susurraban con tono pícaro que uno de sus dos amigos estaba claramente enamorado de ella. Sólo había que fijarse en cómo la miraba, cómo la tocaba, cómo la hablaba… No había duda. Para ellas, aquellas señales eran inequívocas. «¡Cualquier chica se daría cuenta!», repetían sin cesar. Pero María siempre sacudía la cabeza y soltaba una sonora carcajada. Los dos eran como sus hermanos, jamás se les ocurriría mirarla de eso modo, así como ella tampoco podría considerarlos como algo más que sus mejores amigos. Se contaban todo y hablaban de temas de los que ninguno de ellos hablaría con nadie más; habían compartido las dudas de Jorge cuando comenzaba a salir con su primera novia y se habían visto obligados a lidiar con los celos del chico con el que María se estuvo viendo durante varios meses. Dentro del grupo, los tres eran iguales, por lo que cualquier tema de conversación podía ser tratado sin provocar rubor en ninguno de ellos. Hasta esa misma mañana…
Cuando María leyó el mensaje de David en su móvil, un único pensamiento se le pasó por la mente: que quisiera hablar con ella a solas, sin la presencia de Jorge, sólo podía significar una cosa; sólo existía un tema que su amigo pudiera querer abordar con ella en un ambiente de intimidad. Ni siquiera necesitó releerlo para que las voces de sus amigas repitiéndole que David estaba enamorado de ella resonaran una y otra vez en su cabeza, como si hubieran estado aletargadas en un rincón de su memoria esperando para saltar en el instante perfecto.
Tardó varios minutos en responder pero finalmente se citó con él esa tarde, en el parque, en el mismo banco de siempre. No quería esperar más, necesitaba zanjar aquel asunto lo antes posible. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? ¿Qué iba a decirle? Le aterraba que su amistad se acabase por algo así. No quería hacerle daño. Sin embargo, ella no sentía nada parecido a amor por David; le veía como un hermano mayor y protector, pero nunca podría imaginársele como novio, sabían demasiadas cosas el uno del otro, no funcionaría.
Volvió a observar la fotografía y trató de imaginar lo que sucedería aquella tarde. Tenía que prepararse una respuesta que no hiriera a su amigo, debía confeccionar una explicación que resultara sincera pero que dejase a David convencido y conforme ante su rechazo. Lo único que deseaba era que su amistad se mantuviera como siempre pero, tras la solemnidad de las letras que le había enviado el chico, aquello parecía completamente imposible. Sólo le quedaba intentar que la cicatriz fuera lo menos profunda posible.
Suspiró, depositó la fotografía sobre la mesa y tomó su teléfono móvil para releer una vez más el mensaje:
«Hola María. Tengo que hablar contigo a solas. Hay algo que necesito contarte, no puedo soportarlo más, tengo que sacarlo aunque me dé pánico. Dime cuándo podrías».
El resto del día pasó demasiado deprisa. Los pensamientos de María no se desviaron ni un instante de la búsqueda de la respuesta perfecta. Sin embargo, cuando apenas quedaban unos minutos para que tuviera que salir de casa, decidió dejar la mente en blanco y permitir que la conversación fluyera de forma normal. Al fin y al cabo su interlocutor iba a ser David, el mismo David al que había acudido totalmente angustiada la primera vez que descubrió su ropa interior manchada de color rojo, el mismo David que la había acompañado a comprar un conjunto sugerente para una noche especial, el mismo David que la había acogido entre sus brazos cuando una ruptura sentimental había hecho añicos su corazón. Pasara lo que pasase esa tarde, seguiría siendo él y, sólo por eso, no debía tener miedo a hablarle con sinceridad y naturalidad, como llevaba haciéndolo durante tantos años.
Salió de casa y recorrió el camino hasta el parque a paso lento, controlando la respiración e intentando hacerse cargo del ritmo de los latidos de su corazón. A pesar de todo, no podía negar que estaba nerviosa y algo asustada. Parecía increíble que al final todas esas cotillas que en el instituto no paraban de cuchichear sobre el amor que le profesaba David estuvieran en lo cierto. ¿Sería que realmente había estado ciega durante todos esos años?
Cuando llegó al parque, David ya estaba sentado sobre el respaldo del banco de madera. Inspiró hondo, soltó todo el aire y caminó hacia él. No pudo evitar agachar la cabeza a medida que se acercaba; le resultaba imposible sostenerle la mirada. Al llegar a su lado, se aproximó para darle dos besos y, debido a la inquietud que les invadía a ambos, sus caras chocaron torpemente. David forzó una sonrisa y María se mordió el labio. La tensión se palpaba en el ambiente; aquel encuentro nada tenía que ver con todos los anteriores que habían compartido.
David se aclaró la garganta y se revolvió sobre el respaldo del banco. María se sentó a su lado pero manteniendo una prudente distancia que desde el principio dejase bien claro que la decisión estaba tomada y no existía ningún argumento que pudiera hacer que cambiase de opinión.
—¿Qué tal? —preguntó el chico para hacer tiempo.
—Como siempre —respondió ella con tono despreocupado.
Un silencio incómodo les envolvió mientras María se concentraba de manera obsesiva en el esmalte azul que le cubría las uñas. David, con gesto nervioso, pasaba una y otra vez las palmas de las manos por su pantalón vaquero. Cualquier desconocido que los observara, pensaría que se trataba de un par de jóvenes tímidos y enamorados que estaban teniendo su primera cita. María carraspeó y levantó la mirada, armándose de valor.
—Bueno… ¿qué querías contarme? —cuestionó, deseando acabar con aquella incómoda situación lo más pronto posible.
David suspiró y la miró a los ojos un instante. Después agachó la cabeza y hundió la cara entre las palmas de sus manos.
—Vamos —comenzó a decir María, apoyando una mano con suavidad sobre la espalda de David. Tenía que ayudarle, no soportaba verle tan abatido—, soy yo, María. Puedes hablarme con confianza… como siempre.
David levantó la cabeza y la observó con gesto triste.
—Es muy complicado, María —confesó David, compungido—. Llevo tanto tiempo ocultando lo que siento… Pero es que no sé cómo explicártelo, ni siquiera lo entiendo yo.
—Inténtalo —le animó ella—. Te prometo que te comprenderé. Dudo que pueda decirte lo que quieres escuchar pero te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano por entenderte. Pero para eso debes explicármelo.
—María, estoy enamorado —soltó David de pronto—. Al principio no sabía qué me pasaba, no comprendía qué era lo que sentía. Resultaba todo tan extraño… Durante muchos meses traté de buscarle una explicación lógica y en cuanto lo entendí me empeñé en luchar contra ello para hacerlo desaparecer. No podía ser… No me podía estar pasando a mí. María, no sabes cuántas noches he pasado en vela, cuántas lágrimas he derramado cuando nadie me veía… He estado a punto de volverme loco e incluso a veces pienso que realmente lo estoy. Y tener que pasar tanto tiempo juntos sin poder decir nada, escuchando cómo otra persona tiene lo que yo más anhelo, temiendo que los latidos de mi corazón me delaten… Tenía miedo de estallar en cualquier momento y arruinarlo todo, sabía que en el momento en el que confesase la verdad todo cambiaría, nuestra amistad no volvería a ser la misma. Pero, María, duele tanto ocultar un sentimiento tan grande… No sabes el peso que noto en el pecho por haber guardado durante tanto tiempo lo que siento. Sé que a partir de ahora todo será diferente. Quizá soy un egoísta por pensar en mí en lugar de en nuestra amistad pero no podía soportarlo más, necesitaba compartirlo, necesitaba hablarlo contigo.
María había escuchado las palabras de David con un nudo en la garganta y los ojos humedecidos. Deseaba abrazar a su amigo y asegurarle que todo iría bien, que sería feliz, pero no podía, por mucho que le doliese ahora debía mantener las distancias para no crearle falsas expectativas que pudieran hacerle más daño.
—María, por favor, dime algo —suplicó él—. ¿Crees que estoy loco? ¿Estás enfadada conmigo? ¿Me odias por estropearlo todo? Si es así lo aceptaré pero, por favor, habla.
María tragó saliva para intentar aflojar el nudo de su garganta mientras buscaba las palabras que debía usar.
—Claro que no estoy enfadada contigo —logró decir al fin—. Te agradezco que hayas sido sincero conmigo, entiendo lo complicado que ha sido para ti. Me gustaría poder darte una respuesta que te hiciera feliz, pero sabes que es imposible… Aun así seguiré siendo tu amiga mientras que tú me lo permitas y sabes que puedes contar conmigo siempre.
David se acercó a María y apoyó la cabeza en su hombro, ocultando la cara entra la tela de su camiseta. Por cómo se sacudía su espalda, María supo que sollozaba. Posó una mano sobre su nuca y se mantuvo en silencio, esperando a que su amigo se calmase. Varios minutos después, él levantó la cabeza y la observó con los ojos empapados.
—Gracias, María. Sabía que podía contar contigo. No sabes la falta que me hacía desahogarme. Aunque no lo creas, ya me siento un poco mejor —explicó, dibujando al final algo que se asemejaba a una sonrisa.
María asintió con la cabeza y también sonrió. Al final todo había resultado mejor de lo que esperaba. David suspiró y se incorporó del todo, apoyando las palmas de las manos sobre sus muslos.
—¿Qué crees que debo hacer? ¿Debería decírselo?
Ante aquellas preguntas, María enarcó las cejas. ¿De quién estaba hablando David? Repasó rápidamente la conversación e inmediatamente una lucecita se encendió en su mente. ¡Acababa de entenderlo todo! ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¡David no hablaba de ella! Resopló y se acercó a su amigo todo lo que pudo.
—Ya sabes cuáles son sus sentimientos. Sabes lo feliz que es con esa chica con la que sale… —advirtió, a modo de respuesta.
—Ya lo sé. Soy consciente de que no tengo absolutamente nada que hacer con él —expresó David resignado—. Pero siempre hemos sido sinceros los unos con los otros; me siento mal ocultándole algo así.
María pasó el brazo por encima de los hombros de su amigo y mostró una sonrisa comprensiva.
—La decisión debes tomarla tú, yo no puedo decirte qué hacer. Lo que sí te digo es que con el tiempo se te pasará, estoy segura, y encontrarás a un chico que sí pueda hacerte feliz como tú deseas; no me cabe la más mínima duda, eres un tipo estupendo y guapo. Mientras tanto sabes que me tienes aquí siempre que me necesites. Y también le tienes a él; Jorge es tu mejor amigo y sé que si algún día decides contarle la verdad lo entenderá. Después de todo lo que hemos pasado, nuestra amistad es a prueba de bombas.

David asintió, a modo de agradecimiento y se acurrucó en el regazo de María. Ella le abrazó con cariño, prometiéndose a sí misma que jamás lo abandonaría. Eran amigos, los tres. Y eso, siempre, sería lo más importante.

*Relato seleccionado en el concurso para la antología Cuentos de Amor en 2015

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