miércoles, 17 de mayo de 2017

FERIA DEL LIBRO DE TRES CANTOS

¡Hola!

El próximo domingo, día 21 de mayo, voy a estar en la Feria del Libro de Tres Cantos, firmando mi última novela, Music Lovers.

Podréis encontrarme a partit de las doce de la mañana en la caseta de la libería Serendipias.

La feria está situada en la Avenida de Colmenar Viejo y todos los libros que compréis allí llevarán un 10% de descuento.

¿A quién veré por allí? :)




martes, 9 de mayo de 2017

LA MAGIA DE LAS LETRAS [Reto de escritura 10]

Era lunes por la tarde, el día de visitar la biblioteca para devolver todos los libros que había leído durante la semana anterior y elegir algunos nuevos.

—¡Hola, Rocío! —Saludó la bibliotecaria cuando la vio aparecer tirando de su mochila con ruedas—. ¿Ya te has leído todos los cuentos que te llevaste?

La niña asintió con la cabeza y dejó sobre el mostrador los cuatro libros que traía en su mochila. Después, se fue a curiosear por las estanterías en busca de nuevas historias en las que sumergirse. Mientras leía los títulos en voz baja, acariciaba con el dedo los lomos de colores. Muchos ya los conocía. Incluso algunos, los que más le gustaban, los había releído varias veces. Así que cada vez le resultaba más complicado elegir.

Cuando ya casi estaba decidida, algo llamó su atención. Sobre una de las mesas de la biblioteca había un libro con una portada muy llamativa. Rocío se acercó hasta él y leyó el título, que estaba escrito con unas letras enormes de color morado: «La magia de las letras». Aunque era muy gordo, parecía un cuento para niños, así que decidió llevárselo también.

—Muy buena elección —le dijo la bibliotecaria con una sonrisa, cuando le entregó los libros junto con su carnet de socia—. Estoy segura de que te van a gustar mucho.

Rocío metió los libros en su mochila, le dio las gracias a la bibliotecaria y se marchó a casa, deseando empezar a leer enseguida.

Esa misma noche, después de cenar, se metió en la cama y abrió el libro más gordo que había cogido, el de «La magia de las letras». Para su sorpresa, en su interior no encontró frases, ni palabras, ni letras, ni dibujos… ¡Ni siquiera tenía páginas! En su lugar, había un agujero —como si el libro fuera en realidad un misterioso cofre— y dentro escondía una caja de lápices de colores.

—Pues menudo libro más raro —pensó Rocío, mientras lo volvía a cerrar y lo dejaba sobre la mesilla. Pensó en coger otro de los cuentos que había sacado de la biblioteca, pero estaba tan cansada que, por una vez, prefirió apagar la luz. Un momento después, se quedó dormida.

Al día siguiente, cuando volvió del colegio, lo primero que hizo fue sacar la caja de lápices de colores de dentro del libro. 

Lo que más le gustaba a Rocío, además de leer, era escribir. Escribía cuentos sobre lo que le pasaba en el cole y ya había ganado algún premio literario. 

Arrancó una página del cuaderno que siempre tenía sobre la mesa y empezó a escribir un relato, utilizando una de las pinturas nuevas. En esa ocasión, se inventó una historia sobre un perrito tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Podía llevarlo en el bolsillo de la chaqueta y esconderlo en su habitación sin que nadie se enterase. Cuando terminó, puso la palabra «FIN» y volvió a leerlo para asegurarse de que le había quedado bien. Entonces, escuchó un ladrido flojito, muy, muy flojito. Pensando que se lo había imaginado, no hizo ni caso, pero enseguida lo volvió a escuchar. Apartó la vista de la hoja de papel y sobre su mesa encontró un pequeño perrito, exactamente igual que el de su cuento. Rocío se restregó los ojos, incrédula, y acercó un dedo tembloroso hacia el animalito para tocarlo. Pues, sí, estaba allí. Era de verdad.

Tras un momento reflexionando sobre lo que acababa de pasar, arrancó otra hoja del cuaderno y comenzó a escribir un nuevo cuento. En este, ella y su hermana eran princesas de un reino mágico. Un instante después de terminarlo, se dio cuenta de que llevaba puesto un precioso vestido de princesa y sobre la cabeza de su hermana había aparecido una corona de diamantes.

—¡Ajá! —exclamó Rocío—. ¡Así que con estas pinturas puedo hacer realidad todos los cuentos que escriba!
Cuando llegó la noche, estaba tan contenta y tan agotada por todos los cuentos que había escrito esa tarde y todas las cosas fantásticas que había creado, que se metió en la cama, apagó la luz y se quedó dormida en menos de un minuto.

Cuando despertó a la mañana siguiente, el libro se encontraba en su mesilla, pero no había ni rastro del perro pequeñito, ni de su traje de princesa, ni del robot que limpiaba la casa, ni de la máquina de fabricar chucherías, ni de todo lo demás. Se levantó de la cama de un salto y corrió hacia la mesa. ¡Las hojas del cuaderno en las que había escrito sus cuentos también habían desaparecido! Y no sólo eso: el libro se había convertido en un libro normal, con sus páginas, sus palabras y sus frases. Y no encontraba por ninguna parte la caja de pinturas. ¿Sería posible que lo hubiera soñado todo?

Sorprendida y bastante perpleja, se sentó sobre su cama con las piernas cruzadas, abrió el libro y empezó a leer la primera página: «La magia de las letras es fantástica. Con ellas puedes hacer realidad cualquier cosa que se dibuje en tu imaginación…»

Después, ya no fue capaz de cerrarlo hasta llegar a la palabra «FIN».


[52 Retos de Escritura de El Libro del Escritor]

miércoles, 3 de mayo de 2017

GELATINA [Reto de escritura 17]

Otro día más… Desde que aquel hombre me llamó de forma tan insistente y me hizo levantarme, cuando por fin creo que había encontrado la postura, he perdido la noción del tiempo. Noto el cuerpo como… ¿cuál sería la palabra? Caducado. Eso es. Incluso me parece que ayer mi brazo izquierdo tenía un poco más de carne que hoy…

Acabamos de llegar a una pequeña ciudad, cercana a un bosque. Me da la sensación de que la gente que vive aquí sabía que veníamos. Si no, no me explico la decoración tan adecuada que han colgado en las fachadas de todas las casas. La verdad es que se agradece que te reciban así de bien. Incluso han puesto algunas fotografías de nosotros. O de alguien que se nos parece mucho. Qué amables.

Pero no puedo distraerme con esto. Debo ponerme en marcha ya, aprovechar que todos están ocupados repartiéndose la comida. Si se enterasen de lo que hago cada vez que llegamos a un nuevo poblado me echarían del grupo. O algo peor. Y, la verdad, es que me encuentro bien con ellos. Al menos me comprenden y no me siento tan extraña. Si me desterraran no duraría ni un asalto, con mi fatal sentido de la orientación y este olor a rancio que arrastro y no sé de dónde viene. Yo no soy, desde luego.

Me escabullo por detrás de una casa justo en el momento en el que se escucha el primer grito. No puedo ni verlo. Vagabundeo durante un rato por los jardines traseros de las casas, mientras en las calles el barullo es cada vez más ensordecedor.

Trato de concentrarme en mi misión: buscar algo de comer. Y sé lo que estáis pensando: la comida está exactamente en la otra dirección, justo donde los gritos y los crujidos. Pero esa comida no es para mí. Entendedme, no voy a criticar a nadie por sus costumbres culinarias, pero tampoco puedo renunciar a mis principios así como así. Aunque, para ello, tenga que actuar en las sombras como si fuera una delincuente. Como os he dicho, me importa bastante lo que mis compañeros piensen de mí. Me caen bien y los necesito para subsistir, aunque me da pena no poder compartir con ellos el mejor momento del día, el de la comida. Ahora son algo así como mi familia, mi manada.

Echo un vistazo por las ventanas, en busca de algo que echarme a la boca. Las nueces son mis favoritas, pues su forma y su textura son bastante similares a la comida con la que debería alimentarme, aunque la coliflor tampoco me disgusta. Cuando no encuentro nada parecido, no me queda más remedio que ayunar. Aunque, en realidad, tampoco me importa demasiado. No es que sienta hambre o algo parecido.

Sin embargo, hoy parece que estoy de suerte. Ni siquiera me creo que sea real cuando lo veo a través de un cristal lleno de vaho. Rompo la ventana con una piedra y me cuelo dentro de la cocina. La mesa está llena de platos con dedos, caras de momia y ojos fuera de sus cuencas. También hay una especie de pastel con unas letras escritas encima: H-A-L-L-O-W-E-E-N. No sé qué significa, a lo mejor antes lo supe, pero no me acuerdo. Es probable que ni siquiera sepa leer ya…

Todos esos manjares parecen deliciosos, pero no es a por lo que he entrado.

En la encimera, sobre una bandeja transparente hay un cerebro, ahí enterito y sin ser vivo recubriéndolo al que hacer daño. Sólo me queda comprobar una cosa más… Me acerco. No, no huele a carne. Ni siquiera tiene aspecto de carne. Meto el dedo y lo pruebo. Sabe como a… ¡fresa! ¡Un cerebro hecho de fresa! Desde luego, hoy es mi día de suerte. Con una sonrisa, que apuesto a que sigue siendo muy agradable, tomo el cerebro entre las manos y vuelvo a la mesa. Le pongo por encima unos cuantos pelos de pasta que encuentro en un bol y lo aliño todo con una de las jeringuillas de sangre que hay en la mesa, que estoy bastante segura de que es salsa de tomate.

Entonces regreso a la parte delantera, a la calle principal, donde mis compañeros se están dando un buen festín. Me quedo ahí, lo suficientemente cerca para compartir con ellos el momento, pero no tanto como para que puedan sospechar. Y me zampo mi cerebro de fresa con toda la felicidad que alguien como yo puede experimentar. Si es que es posible alguna.

Y es que la vida de un zombi vegano no es nada fácil. Os lo aseguro. Intentadlo y veréis…

Seguidores

Seguir vía email

Páginas vistas en total