jueves, 23 de marzo de 2017

#EscribirEsMiTrabajo

¡Buenos días!

En las redes está cobrando fuerza una iniciativa para reivindicar el trabajo de todo el mundo que se dedica al sector cultural. Yo no voy a escribir nada, porque ya lo hice una vez y terminé muy mal parada. Así que me limito a compartir con vosotros un relato que escribí en esa época para canalizar lo que sentía. Podéis leerlo online o descargarlo gratis pinchando en la imagen. Espero que os guste,


jueves, 16 de marzo de 2017

SIEMPRE LLUEVE [Reto de escritura 32]

Cuando el despertador rompió la calma aquella mañana, ya llevaba un buen rato con los ojos abiertos, observando las sombras que se proyectaban en el techo como fantasmas. Mientras las miraba, sentía una mezcla de turbación y esperanza. En el fondo, todavía confiaba en que en algún momento le devolverían la imagen que estaba buscando.

A decir verdad, ni siquiera sabía por qué continuaba utilizando el despertador. Hacía mucho tiempo que no necesitaba que nadie le avisara del comienzo del nuevo día.

Se levantó muy despacito hasta quedar sentada sobre el colchón, con los pies colgando a varios centímetros de sus zapatillas de estar en casa. Permaneció en esa posición unos minutos, en completo silencio, agudizando el oído y sin mover ni un solo músculo.

El viento arrastraba el ladrido lejano de un perro, el motor de un coche traqueteaba al otro lado del seto que separaba la hilera de viviendas de la calle principal y el suelo acababa de emitir un tímido crujido en algún lugar de la casa. Pero, salvo eso, no se escuchaba nada. ¿Sería posible que por una vez no se hubieran equivocado todos?

Tras lanzar un suspiro a la penumbra, se levantó sin descorrer las cortinas, se envolvió en su batín y bajó las escaleras hasta la puerta principal. Pulsó el interruptor para apagar la luz de fuera. Esa pequeña bombilla que cada noche permanecía encendida, por si acaso quería volver y no encontraba el camino. Qué tontería.

Después, bajó un piso más, hasta donde el sótano albergaba el modesto despacho. Se acercó a la mesa de madera envejecida y pasó la página del pequeño calendario que descansaba sobre ella. Aunque no le hacía falta para saber qué día era. Otra vez catorce. Por más que lo deseaba, resultaba imposible saltarse ese maldito número. A mitad de cada mes, volvía a aparecer de forma inevitable. Y con él, traía un extraño fenómeno meteorológico.
Fue entonces cuando levantó la vista hacia el ventanal que daba al diminuto patio. El árbol hacía mucho tiempo que se había marchitado, pero no tenía fuerza para quitarlo de allí. Era su árbol al fin y al cabo.

Y sí. Otra vez estaba lloviendo. 

Era curioso, pero desde hacía más de un año, cada día catorce, el cielo se despertaba dejando caer gotas de agua sobre la ciudad. No importaba la estación en la que estuvieran, ni la temperatura que hiciese fuera, ni las predicciones meteorológicas a las que prestaba especial atención el día de antes. Siempre, sin excepción, cuando miraba por la ventana al levantarse, llovía.

Era tan irónico. ¿Qué significaba aquello? ¿Era una señal? ¿Un guiño que le hacían las nubes para acompañarla? ¿Era posible que el cielo entero se sintiera igual que se sentía ella?

Resignada, bajó la cabeza y clavó los ojos en el retrato que le sonreía desde la mesa. Tenía la cabeza un poco inclinada hacia un lado y le devolvía una mirada entrecerrada a causa del feliz gesto.

Entonces, se dio cuenta. Por el cristal del marco plateado que protegía la fotografía navegaban un montón de gotas de agua. Allí también llovía.

De forma instintiva miró al techo. Era imposible.

Sacudió la cabeza y se llevó muy lentamente las manos al rostro. La lluvia había empapado sus pestañas y las gotas caían siguiendo el trazado de las pequeñas arrugas de su piel.

Pero no eran gotas de lluvia.

Eran sus lágrimas.




lunes, 6 de marzo de 2017

LA NOCHE DE LAS SIRENAS [Reto de escritura 14]

Por fin, las sirenas de los coches de policía se alejaban, devolviendo al tranquilo vecindario el silencio propio de las últimas horas de la madrugada, justo cuando la oscuridad alcanza su éxtasis antes de dar paso a los primeros rayos del amanecer.
Las terrazas y ventanas del edificio protagonista empezaron a cerrarse poco a poco. Los vecinos, que un instante antes contemplaban con curiosidad a la figura que caminaba cabizbaja junto a los agentes, volvían despacio al interior de sus dormitorios. La luz de la escalera hacía unos minutos que se había apagado. Y ya no se oían pasos ni voces.
La anciana que vivía con sus dos gatos en el segundo izquierda arrastraba los pies hacia la cocina, con intención de preparase una infusión caliente para los nervios. Mientras tanto, los dos miembros más jóvenes de la familia que ocupaba el cuarto derecha permanecían de pie en el salón, comentando animadamente lo que acababan de presenciar.
Y es que aquella noche había sido sin lugar a dudas la más interesante que recordaba aquella comunidad de vecinos desde el incendio que arrasó el restaurante de la esquina de la calle once años atrás…

Eran más o menos las tres de la mañana cuando un inesperado estruendo despertó a los habitantes de los pisos más altos del edificio.
En el ático, Marina acababa de volver de una intensa noche de fiesta con sus amigas. Le había costado un poco introducir la llave en la cerradura. Incluso llegó a pensar que ya nunca volvería a encajar. Sin embargo, tras unos minutos de zozobra, consiguió que la puerta cediera ante ella.
Lo primero que hizo fue quitarse los zapatos, abandonándolos allí mismo, en el recibidor. Después, acudió hasta la sala de estar y abrió el armario en el que estaban guardados los discos. Cogió uno, lo introdujo en el equipo de música y pasó canciones hasta llegar a la número seis. Pulsó el botón de repetición y subió el volumen al máximo.
Su teléfono móvil marcaba las tres y cinco de la mañana. Lo arrojó al suelo justo en el momento en el que la canción llegaba al estribillo y se puso a cantar a voz en grito, acompañando a la cantante en cada sílaba de una letra que conocía de memoria.
Se quitó las medias, que tenían una larga carrera en la pierna derecha, y las dejó caer sobre la alfombra.
Con paso tambaleante se dirigió hacia el cuarto de baño, dejando que su ligero vestido se deslizara por su cuerpo mientras recorría el pasillo, para terminar tirado en el suelo como un cadáver de color azul mar. El espejo le devolvió el reflejo de una mujer joven, atractiva y con el maquillaje bastante estropeado a causa de la larga noche.
En ese momento se dio cuenta de que necesitaba una copa. La canción seguía resonando mientras caminaba despacio hacia el mueble que hacía las veces de mini bar. Le pareció que alguien llamaba a la puerta, pero no eran horas de visita, así que no se molestó en ir a abrir. Descorchó una botella de champán, haciendo que el líquido dorado le mojase los pies. Se sirvió una copa y lanzó su sujetador de encaje sobre el charco burbujeante.
Por fin, se dirigió hacia el dormitorio. Dejó que la única prenda de ropa que le quedaba puesta cayera hasta sus tobillos. La dejó en el suelo, justo delante de la cama, y se tumbó entre las acogedoras sábanas con la copa de champán sujeta entre los dedos.

Adam llegó al portal de su casa en torno a las tres y media de la madrugada. Acababa de dejar a Alicia en su piso y se encontraba bastante cansado. Era frecuente que bromeara con sus amigos sobre que ya no tenían edad para ese tipo de juergas, pero esa noche se sentía verdaderamente exhausto. Había sido una noche extraña, con un encuentro bastante incómodo incluido. A veces, el destino tiene unas ocurrencias de lo más espeluznantes. Con la cantidad de bares que había en la ciudad y tenían que coincidir en el mismo…
En la calle sonaba la sirena de un coche de policía.
Se montó en el ascensor y apoyó la espalda en una de las paredes. Mientras se dejaba transportar hasta el último piso, aprovechó para desabrocharse los primeros botones de la camisa. Estaba agotado. Tanto, que de repente empezaron a sonar en el interior de su cabeza las notas de una canción que conocía muy bien, pero que desde hacía meses sonaban como la sinfonía de un recuerdo macabro. ¡El subconsciente es algo asombroso! Y después de lo que había vivido esa noche no le parecía extraño lo que le estaba sucediendo.
Sin embargo, a medida que ascendía, el volumen de la música también empezó a elevarse, hasta convertirse en un ruido atronador cuando las puertas automáticas del ascensor se abrieron para escupirlo a toda prisa en el descansillo del ático. Su vecino de abajo, ataviado con un pantalón de pijama a cuadros y una camiseta interior blanca, se encontraba allí, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
—Eso me gustaría saber a mí…
—La policía viene en camino. Creía que tu…
—Pues… no. Yo no…
El silencio efímero que se escuchó en el lapso de tiempo que quedó libre entre el final de la canción y el nuevo comienzo fue suficiente para que Adam se llevase las manos al bolsillo en busca de su llavero. ¿Era posible que lo hubiera perdido? Pues no. Allí estaba.
Ante la atenta mirada del hombre en pijama, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. En el interior le recibieron unos zapatos de mujer. Y un poco más allá, en el pasillo, pudo ver una tela de color azul que no reconoció.
Como un autómata, puso un pie en el interior de su piso. Luego el otro. Le pareció que su vecino le aconsejaba no entrar hasta que llegasen los cuerpos de seguridad, pero el estruendo de la música no le permitió escucharlo bien.
Recorrió el pasillo a ritmo lento, en dirección a su habitación.
Por las escaleras del edificio ya sonaban voces que comentaban la llegada de los dos policías que subían en el ascensor hacia el ático. El hombre en pijama los recibió y explicó lo que sucedía, justo en el momento en el que Adam se asomaba a la puerta de su dormitorio para descubrir a una mujer completamente desnuda que yacía sobre su cama.
Abrió la boca, intentando articular palabras, pero el agotamiento y el estupor impidieron que su voz subiera por su garganta.
Una mano se apoyó en su hombro, haciendo que se sobresaltara. Volvió la cabeza y se encontró con un hombre vestido de azul marino que le miraba con gesto severo. La música de pronto cesó y el otro policía se unió a ellos un instante después. Un montón de explicaciones y preguntas empezaron a saltar al aire hasta tejer un ovillo de palabras incoherentes.
—Acompáñenos fuera, por favor.
Adam y los dos agentes salieron al descansillo. El rostro de hombre en pijama ya no mostraba enojo, sino una especie de expresión piadosa hacia su joven vecino del ático.
—Él no ha hecho nada. Acaba de llegar…
—Ya… Bueno. Necesitamos una explicación.
Cuando por fin consiguió que sus cuerdas vocales le obedecieran, Adam contó que Marina había sido su novia durante dos años, pero que hacía más de ocho meses que habían terminado la relación. Se había vuelto muy celosa y posesiva. No, no había vuelto a mantener contacto con ella, salvo el encuentro fortuito de esa noche en un bar. Sólo habían hablado un par de minutos. Una conversación de cortesía. Por supuesto que no sabía cómo había entrado. Bueno, sí, era posible que se hubiera quedado con una copia de las llaves de cuando estaban juntos, pero no podía asegurarlo.

Una eternidad más tarde, el ascensor llegó al portal con tres personas en su interior. Marina, escoltada por los dos policías, caminaba con la cabeza gacha. Llevaba el pelo revuelto, el vestido mal puesto y los zapatos en la mano. Sus medias seguían tiradas en el piso de Adam, como muestra de que aquella noche había sido mucho más que una pesadilla.
Las palabras «allanamiento de morada» y «acoso» volaban ya como corrientes de aire por todas las habitaciones de las casas que formaban aquel pacífico edificio.
Poco después, las puertas de los pisos empezaron a cerrarse. La luz de la escalera se apagó y las ventanas volvieron a cubrirse con persianas para dejar que los inquilinos del edificio intentaran aprovechar las últimas horas de sueño antes de que el domingo llegase para cubrir todo de luz.
El coche de policía se alejó y la sirena dejó de oírse, devolviendo al tranquilo barrio la quietud a la que los vecinos estaban acostumbrados. Jamás olvidarían aquella noche. Por lo menos, hasta que volviera a pasar algo que diera al edificio un poco de emoción. Quizá dentro de once años…


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